No se va cualquiera. Se va quien fue mi compañero en el largo camino de la vida.
Felipe Rodríguez Ávila fue uno de esos miles de muchachos rebeldes que formaron parte de un ejército de soñadores. Éramos muy jóvenes cuando nos caímos en gracia. Yo viajaba a la Isla de Margarita en tiempos cuando la luz eléctrica era apenas un destello tenue y triste.
Allí, en medio de la penumbra, apareció un muchacho vivaz, entrañablemente margariteño por su acento y sus modales, que llegó para alegrar mis días cuando yo apenas me iniciaba en la política.
Felipe me llevó de la mano por todos los rincones de su tierra; gracias a él conocí el alma de la isla más hermosa de Venezuela. Me enseñó a comer pescado, pepitonas y hasta langosta. Íbamos a donde Dorina y no parábamos de viajar hasta encontrarnos en Macanao con Esther Gil, quizás la mujer más popular de la isla.
Felipe no era un solitario; era el líder natural de una tropa de jóvenes deseosos de triunfar. Fuimos parte de varias generaciones y estuvimos unidos hasta nuestra última estación en el tren de la actividad pública. Pasamos años juntos en «Venezuela 2000», un espacio donde nacieron y estimulamos nuevos liderazgos; jóvenes que hoy son profesionales que prestigian a cualquier institución. Esa fue, estoy seguro, nuestra mayor alegría compartida.
Al escribir estas letras, sé que en su despedida él hubiera querido que yo nombrara a cada uno de sus amigos. Como el espacio no lo permite, les ofrezco a todos ellos —que con certeza también fueron los míos— el consuelo de saber que nos queda la satisfacción de su deber cumplido.
Quisiste ser el líder de los jóvenes en Margarita, y lo lograste. Quisiste ser el Secretario General de Acción Democrática, y lo lograste. Quisiste ser diputado al Congreso de la República, y lo lograste. Quisimos ser compadres, y lo logramos. Quisimos viajar juntos al exterior, y lo logramos. Quisimos ser un puente para la renovación de la política; a lo mejor allí no tuvimos tanta suerte, pero jamás dejamos de intentarlo.
Cuando la tribuna política calló, asumiste el micrófono de la radio con la misma pasión. ¿Te acuerdas, Felipe, cuando me llevabas a los liceos a arengar a los estudiantes? Lo mismo hacíamos en la UDO.
¿Te acuerdas cuando te enamoraste en Los Robles de esa «tronco de mujer» luminosa, Morelia? Ella, que te cuidó hasta el final con tanto amor y dignidad.
¿Te acuerdas cuando nació tu hijo mayor, Felipe Octavio, y me dijiste: «Quiero que seamos compadres»?
¿Te acuerdas hace tan poco, cuando fui a tu cumpleaños, donde todos tus amigos te homenajearon? Tus palabras de ese día quedan escritas, esculpidas en granito en mi memoria.
Felipe Rodríguez era —y lo sabe todo el mundo— un hombre humilde. Era probo, y esa rectitud fue la garantía de nuestra amistad. Por ser como era, lo quise mucho más de lo que él mismo llegó a suponer.
Confieso que escribo estas líneas con lágrimas en los ojos, porque a los que quiero, los lloro.
Su partida produce en mi alma un vacío irreparable. No se ha ido cualquier amigo. Se fue el compañero de ruta, el compadre, el padre de mis ahijados —porque al final todos sus hijos terminaron siéndolo—: Felipe Octavio, Andrés Eloy, José David y Simón Morel
Descansa en paz, hermano. Misión cumplida.
Héctor Alonso López
Caracas 28 de Mayo 2026


