Con La Asunción han tropezado en cada momento histórico sus gobernantes en el devenir del tiempo. La buena voluntad, las ganas de trascender y la idea de aportar a su transformación ha sido la nota discordante de sus ciudadanos que han sido testigos silenciosos del proceso de cambios arquitectónicos que han sacudido a la Ciudad.
Las visiones deformadas de buscadores de oro y mirra, de botijuelas y entierros sin luz y miles de propuestas han llevado a muchos a buscar tesoros escondidos dejados por los patriotas en los espacios históricos de la Ciudad del Silencio.
Solo le quedó a La Asunción la arquitectura colonial encabezada por la Catedral, El Castillo Santa Rosa y el Convento de San Francisco como una trilogía de elementos que, combinados con la Plaza Bolívar, la Casa del Maestro, el Museo Nueva Cádiz, la muralla de La Asunción, la Casa de la Cultura “Monseñor Eugenio Navarro, el Palacio Municipal, el Teatro Santa Lucía y algunas otras muestras de la tradición histórica asuntina.
Viene transformándose la Ciudad de a poquito y a empujones ha venido cambiando su rostro la Ciudad del Silencio con imposiciones gubernamentales enviadas desde Caracas para imponer condiciones que le han cambiado su visión arquitectónica ante la mirada complaciente de sus propios ciudadanos. Solo se escuchan las voces de las osamentas sepultadas en el Convento de San Francisco y en la Catedral de La Asunción.
Dicen los asuntinos que se escuchan de noche las cadenas que arrastran los presos en los tiempos de la Independencia que caminaban con sus grillos como símbolo de su lucha por la libertad.
Escasas voces han levantado las banderas del reclamo colectivo ante los abusos del poder gubernamental y apenas gritos ahogados por el tiempo se han oído en el sepulcral fondo de la Ciudad amurallada.
Aquí en esta Ciudad ha ocurrido de todo en lo arquitectónico estructural y pocos han levantado su voz cuando le cambiaron los nombres a las principales calles, cuando pintaron de sapolín verde los bustos y estatuas de la Ciudad y más escandalosamente cuando destruyeron el Paseo “Vargas Machuca” el arquitecto de la Ciudad y todavía no se sabe dónde fue a parar el busto del Gobernador de Margarita.
En ese momento la mudez se convirtió en una plaga que atravesó los laberintos cerebrales para causar una paralización del pensamiento de los llamados a defender una visión de la identidad patrimonial que se murió de mocezuelo.
Lejos de empeñarse en borrar a Vargas Machuca de los predios asuntinos no respetaron que el Arquitecto de la Ciudad que a partir del 3 de febrero de 1608 construyó casi todos esto espacios como fortificaciones, iglesias, acueductos, almacenes, carnicerías, pescaderías, almacenes para maíz y reparó distintos espacios de La Asunción.
Nadie lanzó un cohete como medida de protesta y se quedaron mudos ante esa avalancha de destrucción que destruyó parte de la Ciudad.
Ahora aparece una ola de reclamos cuando la Ciudad del Silencio avanza con la construcción de Murales de luz y color que le dan luminosidad a un pueblo triste que ha ido caminando, arrastrando sus pies en medio de un clima de destrucción y el caos.
Así se hizo mutis cuando el Gobierno Nacional decidió rehabilitar la Catedral y muy pocas voces se escucharon en medio de la imposición que hizo tambalear la fe en la Ciudad.
Se tragaron sus bilis en medio de la alharaca gubernamental y como nadie podía gritar cuando el régimen envió sus arquitectos con el IPC encabezando la avanzada gubernamental solo el silencio y la mudez privaron entre los cabezas calientes de la Ciudad.
Vino después el intento de buscar que nombraran a La Asunción Patrimonio Histórico de la Humanidad y eso no llegó a ninguna parte porque la propuesta de Ernesto Sánchez Carmona no cristalizó por razones obvias porque con un Convento de San Francisco en ruinas y sostenido por puntales hace buen rato lo que pone cuesta arriba cualquier sueño de orden internacional.
Y no solo es por ese solo dato, sino que una Ciudad con tantos lugares en franco deterioro por falta de mantenimiento requiere lo que se viene haciendo como la rehabilitación de su Plaza Bolívar, los murales de la Ciudad y ahora la obra de la Calle Unión con El Carite celebrando sus 100 años, donde se rinde honores a su autor Rafael González y a la identidad margariteña.
En este tiempo si aparecen los que le tenían pánico e Leopoldo Espinoza Prieto y no se atrevieron nunca a asomar una palabra para no caer en disputas con el bachiller asuntino que en repetidas oportunidades con su habilidad política le metió las cabras en el corral a una caterva de políticos que como los guamos se esconden bajo la tierra cuando la Ciudad ha atravesado sus peores momentos en su devenir histórico.
Ahora me pregunto, y dónde estaban estos señores que ahora reclaman los cambios arquitectónicos cuando ultrajaron la Ciudad y tuve que batirme solito contra los destructores del Vargas Machuca, y que tampoco aparecieron cuando el atrevido personaje cabalgó la estatua del General Francisco Esteban Gómez y se atrevió a colocarle una bufanda roja al caballo. ¿Y dónde estaban los que ahora reclaman el supuesto maltrato a la arquitectura colonial?
Los fariseos están apareciendo por todas partes como una pandemia como profetas del juicio final y eso hace que aparezcan políticos con atuendos de académicos saltando charcos y esa orfandad de coraje y de alma.
Con ese despertar repentino después de un infarto cerebral los espadachines de la asuntinidad pretenden apagar la luminosidad de una Ciudad ultrajada en el tiempo y sin dolientes en una Ciudad donde sus voces se acallaron hace buen rato, pues como dijo Leopoldo Espinoza Prieto en algún momento de su existencia “Si el valor de las efemérides no trasciende el marco de lo estrictamente festivo, el pueblo gran hacedor de la historia continuará al margen de las celebraciones.
Quizás aplaudirá una que otra frase encendida, pero no será real y efectiva su participación en la discusión de los problemas, ni en el diseño de las soluciones”.
Encíclica/ManuelAvila


