«La línea recta pertenece al hombre, la línea curva, a Dios». Bajo esta premisa, que se atribuye a Antoni Gaudí, el arquitecto erigió una de las obras más revolucionarias de la historia de la arquitectura: la Sagrada Familia. Situada en el centro de Barcelona, se empezó a construir en 1882, pero no fue hasta un año más tarde cuando Gaudí tomó las riendas del proyecto, que inspiró en la naturaleza y alejó de los estilos que en aquel entonces eran los tradicionales. El templo, que hoy en día visitan millones de personas, está formado por un diseño único que combina detalles minuciosos en sus tres fachadas con una altura de 172 metros y medio que la eleva hasta el cielo de la capital catalana y la convierte en un monumento para la eternidad.
A pesar de que lleva más de 140 años en construcción, la Basílica ya se ha convertido en la iglesia más alta del mundo. Además, es el símbolo más universal de Barcelona y ha cambiado para siempre el skyline de la ciudad, en el que resaltan las 18 torres del templo, especialmente la de Jesucristo, que se erige como la más alta y está coronada con una cruz de grandes dimensiones que brilla de día y de noche. Sin embargo, tal y como ideó el mismo Gaudí, los metros de la torre de Jesús no superan la altura de la montaña de Montjuïc, puesto que «la obra del hombre no debe superar la obra de Dios».
Esa conexión con la espiritualidad fue una de las principales bases de Gaudí durante toda su vida y se plasmó en el proyecto. No obstante, tenía claro desde un principio que su obra maestra destacaría por su relación con la naturaleza y la verticalidad, por lo que ideó una ingeniosa manera para saber qué forma debía tener el templo para que, geométricamente, fuera estable: Creó una maqueta a la que enganchó sacos de arena. Luego, la volcó y al ponerla boca abajo los sacos quedaron colgando. Así, fue la gravedad la que le enseñó la curvatura que debía tener y las columnas que debían sostener la Sagrada Familia.
Esta no fue la única técnica revolucionaria que utilizó para llevar a cabo su templo, sino que apostó por el hormigón armado. Su proximidad con Eusebi Güell, el fundador de la primera fábrica de cemento en Catalunya, le brindó la oportunidad de probar con este material, tal y como explica a 20minutos el arquitecto director de la Sagrada Familia, Jordi Faulí. «Vio que el material le permitía hacer lo que tenía en mente», añade. Por ejemplo, Gaudí lo usó para los terminales de las torres de la fachada del Nacimiento o para la construcción de las columnas interiores y las bóvedas de las naves.
También quería que la arquitectura transmitiera sensación de vida, y para ello el color era un elemento fundamental, detalla Faulí. Por eso utilizó el ‘trencadís’, una técnica que acabaría convirtiéndose en una de sus señas de identidad y por la que es reconocido en todo el mundo. Interesado en las formas curvas y naturalistas, encontró al unir los fragmentos de cerámica rota la manera perfecta para crear mosaicos que le daban lo que buscaba: color y movimiento.
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