Nadie duda que en el año 2000 le robaron las elecciones a Morel Rodríguez mediante un acta forjada en la población de Atamo. Ocurrió a las 7:00 de la noche, justo cuando los medios de comunicación ya anunciaban su victoria al país.
Aunque el caso llegó a la Sala Electoral del CNE, esta esquivó su responsabilidad y lo remitió a la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, la cual finalmente dictaminó que hubo fraude. El tribunal ordenó repetir los comicios faltando apenas un año para culminar el período; Morel decidió no participar en esa convocatoria, pero demostró su liderazgo indiscutible al arrasar en las elecciones de 2004.
La historia de despojos continuó en el año 2008. En esa campaña, el presidente Hugo Chávez frustró la voluntad de los neoespartanos al declarar públicamente que su candidato —quien había sido su ministro de la Defensa y jefe de la Casa Militar— debía ganar en Nueva Esparta a como diera lugar. El propio general Hugo «El Pollo» Carvajal le confesaría años después a Morel Rodríguez, durante una jugada de gallos en una gallera insular, que Chávez llamó directamente al organismo electoral delante de él para ordenar que buscaran cualquier mecanismo que garantizara la victoria oficialista. Esta es la crónica de las maniobras de poder con las que pretendieron cerrarle el paso.
Nunca es tarde para recordar la verdad, especialmente cuando se juega sucio para acallar a un adversario político y escamotearle una reelección respaldada por la mayoría popular. Lo sucedido en el estado ya no extraña a nadie; se ha vuelto una costumbre perniciosa, anticonstitucional y lamentable que las directivas arbitrales, y no los votantes, pretendan decidir quiénes ganan y quiénes pierden. Esta jugada es la careta con la que el centralismo busca arrasar con el liderazgo local a cambio de prebendas oficiales, ignorando el inmenso rechazo que tales acciones siembran en el corazón del pueblo.
El señalamiento viene al caso porque Morel Rodríguez Ávila demostró una mayoría contundente en los comicios del 25 de mayo. El oficialismo, en su avariento afán de «ganar a la machimberra», se negó a aceptar el triunfo de la oposición.
La dirigencia del partido de gobierno y el propio Miraflores estaban plenamente conscientes del escenario: diez encuestas ordenadas por el Ejecutivo nacional y cinco contratadas por el comando de campaña del gobernador coincidían en la victoria de Morel. En los estudios oficiales, la intención de voto a favor del líder opositor oscilaba entre el 51% y el 62%, mientras que los restantes reflejaban una ventaja irreversible de más de 20 puntos sobre la candidatura impuesta a última hora por el chavismo.
La gran familia neoespartana estaba decidida: Morel era el nombre necesario para dar continuidad al progreso y desarrollo de las islas. Incluso dentro de la directiva del PSUV y en diversos organismos públicos se admitía —unos en silencio y otros de viva voz— la excelente gestión cumplida por el mandatario regional. Ante este cúmulo de evidencias palpables, el árbitro electoral torció el rumbo a favor de la causa roja; en la estrategia del oficialismo, perder Nueva Esparta resultaba una derrota tan insoportable e imperdonable como perder el Zulia.
Nadie puede negar que Morel logró reemprender, en una lucha a capa y espada, el desarrollo social y económico insular. La gente lo afirma en la calle y lo sostiene en cualquier escenario: su compromiso se mantuvo con inteligencia y firmeza, demostrando que su estilo de gestión no debe confundirse jamás con debilidad. La suya ha sido una posición de entrega total y de simbiosis con su responsabilidad de toda la vida: trabajar a brazo partido por mejorar la calidad de vida en Margarita y Coche. Esa firmeza, dedicación y logros concretos saltan a la vista en el crecimiento de nuestros pueblos, virtudes que en su momento le valieron, en reiteradas oportunidades, el reconocimiento del propio presidente Chávez.
Alexis Antonio Martínez Caicedo


