Venezuela despierta a una realidad ineludible: la transición de un modelo de capitalismo de Estado hacia una economía abierta y liberal no se decreta en gacetas oficiales, se construye en las aulas. Si algo nos dejó claro el Foro Económico Mundial de Davos en enero de este año, es que la brecha que separa a las economías emergentes de las desarrolladas ya no es únicamente tecnológica o financiera; es una crisis de agencia y sostenibilidad.
Para un país que busca reinsertarse en el mapa global, la educación deja de ser un servicio público para convertirse en el pilar fundamental de la competitividad nacional. Sin embargo, no podemos enfrentar los desafíos del 2030 con las herramientas pedagógicas del siglo XX, ni con las estructuras centralizadas que definieron nuestra historia reciente.
La universidad venezolana, otrora faro de movilidad social, debe mirarse en el espejo de la autocrítica. En la última década, presionada por la necesidad de supervivencia y la fuga de talento, la academia se volcó hacia una «startupización» superficial, priorizando el emprendimiento digital rápido sobre la investigación profunda.
Si bien la agilidad es valiosa, el desplazamiento de la competencia estatal por la libre empresa requiere algo más denso: requiere ingenieros, científicos y humanistas con una profunda identificación sectorial. El ecosistema actual, aunque resiliente, no ofrece las ventajas comparativas para que nuestros startups compitan con sus pares internacionales en innovación dura y escalabilidad.
La universidad debe recuperar su rol como centro de I+D, autoevaluándose a la luz de las tendencias globales para ofrecer certificaciones prácticas y postgrados que no solo otorguen títulos, sino que habiliten competencias para una industrialización moderna y sostenible.
Esta reforma estructural debe hundir sus raíces en la educación básica y diversificada. El sistema ha operado demasiado tiempo de espaldas al entorno, formando estudiantes para obedecer en lugar de cuestionar. La nueva escuela venezolana debe ser el primer laboratorio de ciudadanía y mercado, vinculando a los centros educativos con su comunidad inmediata a través de proyectos integrales.
Se trata de fortalecer el pensamiento crítico y estratégico, habilitando al joven no solo para la vida, sino para la empleabilidad real y el acceso a sistemas globalizados, todo ello blindado por un esquema de salud mental y emocional que hoy es tan vital como las matemáticas. Lo mismo aplica, con mayor urgencia, a la primera infancia: necesitamos un modelo de atención humana que siembre creatividad, espiritualidad y una nueva narrativa de desarrollo desde los primeros años, alejando a las nuevas generaciones de la dependencia y acercándolas a la autonomía.
Sin embargo, ninguna prospectiva es honesta si no aborda las tres grandes deudas que el sistema mantiene con la población, y que son barreras activas para el desarrollo.
La primera es la inclusión radical de las capacidades distintas; la política pública debe trascender la asistencia para garantizar, mediante tecnología y personal capacitado, que la discapacidad no sea una condena al aislamiento económico.
La segunda deuda es con la Economía Plateada: en una Venezuela demográficamente distinta, el segmento 45+ ha sufrido una merma brutal en su calidad de vida y movilidad. Preparar al país para la longevidad implica crear espacios de certificación donde la experiencia se profesionalice y se reinserte en el mercado, fomentando una convivencia intergeneracional que erradique el edadismo y aproveche la sabiduría acumulada.
La tercera deuda es con la educación no formal; debemos legitimar y certificar los saberes de quienes, por vulnerabilidad o decisión, se formaron fuera de la academia. Un sistema de credenciales incrementales y prácticas es la vía más rápida para democratizar las oportunidades.
Finalmente, la arquitectura de este nuevo modelo no puede descansar en los hombros de un Estado gigante y lento. La descentralización es clave. La educación privada, las ONGs y la cooperación internacional deben transitar de la filantropía aislada a la co-creación estratégica. Necesitamos proyectos transversales, auditables y libres de conflictos de interés, donde el financiamiento internacional catalice cambios sistémicos y no solo parches temporales.
Esta es una cruzada que requiere equilibrio y compasión; no es el momento de pases de factura ni de revanchas históricas, sino de rescatar los aprendizajes del colapso para no repetirlos. Es hora de preparar al país para una nueva etapa de cohesión, donde la educación sea el motor de una libertad responsable, inclusiva y competitiva.
Propuestas para la Agenda de Transformación de Venezuela 2026-2030
Para materializar esta visión, propongo cinco ejes de acción inmediata que articulen al sector público, privado y la sociedad civil:
– Ley de mecenazgo educativo y co-inversión: Establecer incentivos fiscales claros para empresas nacionales e internacionales que financien líneas de investigación universitaria y centros de formación técnica, creando consorcios público-privados para la actualización curricular en tiempo real, lo cual podría ser más ágil también a través de la reforma a la LOCTI.
-Sistema nacional de cualificaciones y reconocimiento de saberes: Crear una agencia autónoma que certifique habilidades técnicas y blandas adquiridas fuera de la universidad (educación no formal), permitiendo que la experiencia laboral y el autoaprendizaje tengan valor de mercado y equivalencia académica.
-Red de Hubs intergeneracionales (Economía Plateada): Transformar espacios educativos subutilizados en centros de innovación mixtos, donde mentores senior (45+) capaciten a jóvenes en habilidades blandas y oficios, mientras reciben alfabetización digital y actualización tecnológica, fomentando la empleabilidad en ambas direcciones.
-Currículo basado en resolución de problemas (ABP) y salud mental: Reformar el pensum de educación media para dedicar el 30% de la carga horaria a proyectos comunitarios y empresariales reales, integrando transversalmente módulos de inteligencia emocional y gestión de la incertidumbre.
– Fondo de innovación para la inclusión tech: Un fondo semilla dedicado exclusivamente a EdTech y soluciones de accesibilidad para personas con discapacidad, garantizando que cada escuela pública cuente con las herramientas tecnológicas mínimas para la educación igualitaria.
Sin embargo, un sistema educativo competitivo no puede ser una réplica ciega de modelos foráneos; la verdadera innovación debe tener arraigo. Es imperativo vincular la tecnificación con el conocimiento local y la valoración de nuestra sabiduría ancestral. Existe una inteligencia contextual en nuestras comunidades (formas de resolver y resistir) que constituye la base de una sostenibilidad real.
Esta visión holística exige, además, una transversalidad innegociable con la salud, el deporte y la nutrición. No existe cerebro capaz de innovar ni generar agencia en un cuerpo vulnerado; la escuela y la universidad deben reconvertirse en centros de bienestar integral, donde la alimentación, el arte y la disciplina deportiva no sean accesorios, sino pre-requisitos para el desarrollo cognitivo y el carácter.
En este esquema, la familia y el entorno comunitario dejan de ser espectadores pasivos para erigirse como el anillo de contención del sistema, validando en el hogar los valores de convivencia y curiosidad que el aula propone. Debemos romper, además, el mito paralizante de que «sin grandes recursos financieros no hay cambios».
La ausencia de fondos masivos de la banca multilateral no es excusa para la inacción. Hoy, más que capital, Venezuela necesita mesas de trabajo de articulación honesta. El sistema público, la empresa privada y las ONGs están llamados a sentarse (sin jerarquías) para visualizar y conectar las experiencias exitosas que ya operan de manera heroica en el país, y para fortalecer aquellas iniciativas experimentales que no han podido escalar por falta de red. Los recursos financieros son importantes, sí, pero la voluntad de encuentro es insustituible.
Creo firmemente que la educación es el acto más puro de esperanza y la estrategia más efectiva de desarrollo. Si tú, que me lees, tienes una visión, una propuesta o lideras una experiencia educativa que merece ser vista, te invito a construir esto juntos. Escríbeme a mi correo colocando en el asunto: AGENDA EDUCATIVA. Vamos a mapear los intereses y las iniciativas que, desde cada rincón de Venezuela, ya están tejiendo el futuro que merecemos. Es hora de encontrarnos.
MauricioMParilliH/@mmaprilli/[email protected]


