A Luis Luna el hijo de Loreto, el hermano de Che Ramón mi padrino, Héctor y Carmencita lo conocí en el Guire donde hacía su trabajo de latonero. A Licho le tocó irse de Los Robles a La Guaira en busca de trabajo y allá en el Litoral central hizo toda una vida con Dalia su compañera de vida con quien hizo una familia grande.
Con Dalia Ferrer su esposa tuvo varios hijos entre ellos Rosa. Luis Cruz, Ronald Dalia, Mari, Luis Ezequiel, Roddalis Luis Angel y Dalimar lo que le permitió una familia numerosa lo que explica porque Licho VIrao trabajaba intensamente y sus amigos llegaron a decirle que dejara a un lado las bragas y sus equipos de soldadura, pero el hijo de Lorato Luna Y Carmen Navarro era un hombre de hogar y muy responsable que lo dio todo para esculpir una familia bien estructurada en el plano moral y espiritual.
Aprendió el oficio de latonero que no es una tarea fácil el arte de darle forma a las piezas de los carros y sacar golpes y abolladuras. Ese mismo trabajo lo llevó a aprender a pintar vehículos por lo que en esa época que le tocó vivir a partir de los años 40 todos los carros eran de latón. Todavía no habían salido los vehículos de plástico cuando Licho Virao comenzó ese oficio de estar tiznado porque navegaba por debajo de los carros y había que sacar piezas llenas de grasa y de hollín.
Ese trabajo duro de dar forma a los carros viejos le dio a Luis Cruz fama de buen latonero en La Guaira y luego en Los Robles después de jubilado del MTC armó su taller en un terreno propiedad de la familia cercano a las faldas del Cerro La Ermita donde estuvo laborando por años hasta que Dios necesitó un latonero en el cielo.
A muchos remedió Licho con su oficio en Vargas hasta que se cansó de ese tedioso trabajo y se vino de retirada a Los Robles, el pueblo de sus sueños. Se instaló en los predios del Guire en un terreno que tenía el Chivo Adonis Luna su hermano y que era herencia familiar.
Todavía no había llegado la maldición de la revolución a Los Robles donde Adonis se convirtió en un fanático enfermizo del liderazgo de Hugo Chávez y que grandes discusiones abrió en el mismo taller donde Licho y su hermano Héctor le daban forma a los partes de los vehículos chocados.
Pero con el tiempo termino Licho Virao arreglándole los artefactos eléctricos a sus paisanos y como sabía usar el mastique y el latón para remediar los daños de la corrosión que es uno de los males de la Margarita del salitre, pues al hijo de Loreto Luna le tocó esa herencia de remendar vehículos y artefacto eléctricos entre ellos neveras y cocinas.
A muchos nos tocó hablar con Licho Virao para anotarnos en la cola de clientes que tenían rato con su vehículo en reparación porque Licho llevaba su trabajo con paciencia y así como caminaba lento y con parsimonia cuando transitaba el camino diariamente de su casa en la calle Fraternidad frente a Braulio Avila y al lado de Manuel González, ese mismo paso lento lo implementaba para hacer la reparación de los vehículos. Era un hombre pesado y gordo que estaba limitado por la artrosis en sus extremidades inferiores por lo que trabajaba sentado en un mueble de mimbre o en un banquito de madera comido de cigarrón y de polilla. Eso si a las mil y cuarenta salía un carro de su taller latoneado y pintado y el resto seguía en la cola a la espera que el santísimo le acelerara las manos a Licho y a Héctor para que el carro saliera del taller de La Ermita.
No sé si el taller tenía nombre, pero si lo hubiese tenido se llamaría El Taller de La Ermita, lugar donde iba mucha gente en busca de Luis Cruz para arreglar un vehículo o al matadero del Negro Millán donde se hacían desde chicharrón hasta la matanza de reses, cochinos, ovejos o chivos.
En ese taller donde solo había carros chocados y neveras corroídas solo había restos de maracas de yaque secas y basura de piezas de carro arrumadas por montones y una que otro mueble de mimbre que servía se asiento a los visitantes y a los amigos de Licho Virao que llegaban no solo a chequear la evolución de sus carros, sino a los sancochos que preparaban sus amigos para pasar un rato a la sombra de los yaques.
El martilleo permanente para enderezar las piezas de los vehículos era incesante y atormentador para los que visitaban el taller de Licho Virao que fue acompañado por su hermano Héctor en una parte de la hoja de ruta hasta que un día agarró una arrechera y fue a parar hasta La Portada un terreno de la herencia familiar de nuestra familia que se convirtió en un campamento de trabajo de latonería del hermano de Licho Virao que buscó nuevos horizontes y una vez aprendido el oficio dejó de aguantar regaños a su familia para sembrarse para siempre en las profundidades de la selva roblera.
Recuerdo que en ese taller encontraron los hijos de Brígido Arocha y la maestra Yolanda Navarro un espacio para dar rienda suelta a su afición por tener carros viejos, herencia de su padre Brígido que por años tuvo carros viejos y camiones que le permitieron mantener a su familia como chofer por puesto y transportista de mercancía del Puerto Libre cuando llegaban al Muelle de Pampatar.
No salían de ese espacio donde trabaja su primo Licho Virao Ronald y el Negrito Arocha les quedó la herencia de “La Voladora”, aquella camioneta destapada que llevaba a los hijos de Brígido y al resto de la familia a la playa de Moreno a darse el chapuzón del día y a buscar el pescado que necesitaba la familia para la comida diaria.
Por eso a los hermanos Arocha le correspondió cargar con el legado familiar de reparar carros viejos en honor a lo que hizo su padre como oficio toda la vida, pues no le quedaba otra Brígido que reparar sus vehículos viejos para poder avanzar en medio de la crisis que agobiaba a Margarita en los años 40 y 50 cuando al ex Jefe Civil del pueblo de Los Robles le correspondió hacer de chofer del pueblo.
Esa era la razón por la cual a Ronald y al Negrito estuvieron por años bregando con sus carros para tener siempre a tocó vehículos viejos que las manos mágicas de Licho Virao por obra y gracia de la mandarria, el martillo, el latón, el mastique y el polietileno le daban con pintura seleccionada otra cara a lo que ayer eran trastos viejos. Los compromisos del latonero del pueblo eran tantos que no le alcanzó el tiempo para terminar el largo rosario de carros rotos que estaban en una lista interminable de reparaciones.
Por eso cuando Luis Cruz fue llamado al cielo por el Creador que necesitó un latonero para que le reparara los huecos a la luna, llamó a Licho Virao para que siguiera cumpliendo su misión en el cielo.
Esta semana cuando pasé por esa calle cuando hice un recorrido por el pueblo buscando revivir recuerdos paseé por los predios de Luis Luna y vi con tristeza las huellas del tiempo donde reparé mi carro Dodge Dart y más tarde un Caprice Classic que me traje de Caracas y que necesitaron de la magia del hijo de Loreto Luna.
Muchas veces tuve que ir al taller del primo Licho que siempre me decía como me dijo Machango el de Carmencita ayer en el Supermercado “Más por menos”, “Primo y como va lo de La Portada, mira que nos estamos poniendo viejos, la situación está muy difícil y ya no hay ni para comer”.
De latoneros Los Robles ha tenido muy pocos y Licho Virao y su hermano Héctor son las muestras de este oficio tan importante para el desarrollo de este pueblo margariteño donde los carros por efectos de la corrosión siempre tenían picaduras que los iban deteriorando progresivamente.
Por mucho tiempo las neveras y cocinas de los pilarenses cuando empezaban a picarse las llevaban donde Licho Virao que después de dar el presupuesto a los vecinos del pueblo les decía “En tiempos de sequia cualquier poquito de agua es buena” para referirse a que si no había carros que reparar buenas eran tortas porque se ganaba su realitos con la reparación de esos artefactos tan importantes para los hogares robleros.
Gratos recuerdos del primo Licho VIrao y todavía cuando paso en el carro cerca del Mercado Artesanal Domingo Menchini recuerdo al primo Luis Cruz con su bolsita en la manos caminando a paso lento y tongoneado con una bolsita en las manos con la comida del mediodía. Era su ruta diaria y semejaba a su padre Loreto Luna que por años cada día pasaba con su burra cargada de implementos de labranza atravesando la Plaza de Los Robles rumbo a La Portada donde trabajaba el campo de manera incansable.
Encíclica/ManuelAvila


