El relato describe el dolor de los venezolanos caídos en desgracia tras los sucesos del 24 de junio, quienes subsisten entre la nostalgia de lo perdido y la crudeza de un refugio o campamento temporal.
Entre la esperanza espiritual y la asfixiante realidad, el texto conecta este drama particular con la tragedia global de un país sin rumbo, marcado por un éxodo masivo de nueve millones de personas, el desmantelamiento del Estado, la pérdida del territorio, la soberanía nacional y la quiebra de los sueños colectivos de prosperidad, todo ello atribuido a la corrupción, la incompetencia y el abandono por la clase gobernante.
La devastadora realidad que viven cientos de compatriotas, después del 24 de junio, nos dejan una mirada que se pierde en el horizonte a la espera de soluciones a los gruesos problemas que no solo abordan por atinar, los medios más idóneos para procurar soluciones habitacionales dignas y seguras para miles de venezolanos que lo perdieron todo.
No se trata del tema de una frazada para calmar el frio nocturno, o de una mano amiga y profesional, que proporcione calor al desahogo psicológico producto de la tragedia de haber perdido a seres queridos, o de verse sin patrimonio, sin recursos económicos, para adquirir un medicamento o una ración de comida digna; cuando la realidad es más aterradora que esperar la llegada de la comida repetida, días tras días, de caraotas con pasta o de arroz con caraotas, con la misma sazón de ración de comida de una guarnición militar.
En esa mirada, al horizonte perdido con lágrimas y manos temblorosas no dejan de dar gracias a Dios por seguir vivos, cargando los bellos recuerdos de los familiares fallecidos y el inmenso y repetitivo deseo de buscar una salida al trance personal.
Sin embargo, al situarnos al frente de la carpa que alberga los sueños del futuro, en la oscura soledad nocturna, aterrizan los pensamientos que representan un hermoso paraíso cargado de armonía y comunión directa entre Dios y los seres humanos, en un huerto sembrado de sueños hermosos aún no cumplidos y todos aquellos anhelos no consumados.
Cuando descendemos, nuestra realidad nos atrapa, asfixia y deprime no solo por las fantasías personales, sino por el devenir de un país que nos abraza sin un futuro cierto a todos, ya que su presente desborda las expectativas, no solo de aquel ciudadano sin esperanza, triste y dejado a la deriva para que su muerte social se produzca de la manera más sigilosa posible para quienes nos gobiernan.
La pesadilla y la confusión son mayores, cuando nos preguntamos, una y otra vez, como hago para comprender la realidad de nueve millones de venezolanos, que andan en el mundo buscando un futuro que no consiguieron en su país.
Las estadísticas, y la realidad no pueden ocultar que representamos el mayor de los éxodos registrado en el mundo, esos nueve millones de venezolanos huyeron del abandono, el hambre, la delincuencia, simplemente del mal gobierno que los llevo a la pobreza, pero también por las persecuciones de carácter político y más reciente por los desastres naturales. Imposible dejar de mencionar la bofetada que significa el comenzar a ver, el nuevo mapa de la República sin la delimitación del Territorio Esequibo, que llamamos zona en reclamación, pero más triste y vergonzoso es, el sentirnos colonizado por una potencia extranjera que vino a sacar del poder a un tránsfuga tramposo que con el concurso y la ignorancia de muchos ocupó el poder para enriquecer a los suyos y de esa manera delinquir convirtiéndonos en un estado forajido.
Surgen entonces los incansables cuestionamientos que perturban la existencia de un mortal ciudadano de a pie, que deambula en cualquier ciudad; ¿Dónde quedó el país?, ¿Dónde quedaron los sueños colectivos de prosperidad?, ¿Los discursos de la Venezuela potencia?, ¿La grandeza y bienestar que nos dan las riquezas naturales de los viejos y nuevos minerales? ¿Dónde quedan los hijos y nuestros sueños?
En una simple mirada pudiéramos decir que cada una de esas preguntas quedan en el cesto de la basura, con una profunda decepción del país y sus dirigentes que fueron capaces de llevarnos al precipicio para dejarnos caer por un abismo endemoniado y atiborrado por la descomposición social, fruto del mal gobierno y la aplicación de políticas públicas erróneas que desahuciaron a un pueblo con grandes reservas en recursos naturales y su inmenso potencial de talento humano.
Alfonso Ocando Bustamante
Abogado, Especialista en Derechos Humanos. Magister en Seguridad y Defensa de la Nación.


