Es fácil criticar desde la comodidad de un micrófono o un teclado —sobre todo desde Miami, Madrid o Bogotá—, pero es imposible hacerlo frente a los ojos de una madre que vuelve a abrazar a su hijo, frente a quien se reencuentra con su pareja, o ante la felicidad de un niño que siente de nuevo el calor de sus padres.
La reciente Ley de Amnistía ha levantado voces desde el extremismo radical; sectores a los que nada les parece suficiente si no encaja en su guion de conflicto perpetuo. Calificar este avance como «la peor ley» no es un análisis jurídico, es un acto de mezquindad política.
Quienes así hablan parecen haber olvidado que la política debe servir a la gente, no servirse de su sufrimiento para mantener protagonismos caducos.
La política del «todo o nada» solo nos ha dejado «nada». La reconciliación requiere valentía para reconocer avances, aunque resulten imperfectos para los puristas de escritorio. La paz no se decreta; se construye con pasos como este.
A esos críticos les falta una dosis de realidad: pregúntenle a los centenares de personas liberadas si la ley es mala; pregúntenle a las familias que hoy cenan completas si prefieren la «pureza ideológica» o el reencuentro. La reconciliación nacional no es un postulado teórico, es un camino de hechos valientes. Hemos dado un gran paso y, aunque a los radicales les incomode perder su bandera de agitación, el país celebra la libertad.
No permitamos que el ruido opaque el brillo de la libertad. Venezuela necesita menos conflicto y más soluciones humanas. ¡Seguimos adelante por Venezuela!
Diputado/MarcoAntonioVillarroelFermín


