«¡Gracias, Hungría!». Así reaccionó Peter Magyar a su victoria frente a Viktor Orbán este domingo en las elecciones en Hungría. Pero no fue una victoria cualquiera: fue decisiva, vital, exigente, inesperada no por el fondo -era favorito en los sondeos- pero sí por la forma, con una mayoría de dos tercios. Arrasando. Y ese agradecimiento que llegó desde Tisza tuvo que sonar también en Bruselas. La derrota clara de Orbán tras 16 años en el poder aleja a Budapest de Washington y Moscú y la acerca a posiciones mucho más constructivas por el bien de la UE. La caída del eterno líder iliberal es también un golpe a la línea de flotación de Vladimir Putin y de Donald Trump.
No tardó Orbán en reconocer su derrota y felicitar al que un día fue su discípulo, por así decir. El verdugo salió del sistema para tumbar el sistema, se puede resumir. Y mientras, en Bruselas no solo hubo alivio, sino también champán (metafórico, o no tanto). Buena idea de la importancia de estas elecciones en Hungría para la UE: Macron, Merz y Von der Leyen tardaron nada y menos en felicitar a Magyar. También Pedro Sánchez. Y todo es relevante porque demuestra que los comicios de este domingo eran los menos ideológicos de la historia reciente del bloque comunitario. Era el choque de dos modelos, y ganó el constructivo -que será crítico también con la UE- frente al que ha rozado la eurofobia de manera galopante en los últimos años.
Trump quiso «ayudar» a ganar a Orbán, en palabras de su vicepresidente JD Vance desde Budapest, pero esta guerra en las urnas la ha perdido. Igual que Putin, que ve caer a otro aliado: la línea directa que tenía con Bruselas en forma de secretitos al oído se ha terminado. Como se terminó Maduro, Asad, Jamenei. Son malos tiempos para Moscú, que quizá ahora vea también como la ayuda a Ucrania vuelva a fluir porque Magyar, conservador pero clásico y no chantajista levante el pie que pisaba el cuello de Kiev hasta dejarles casi sin aire.
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