El que sigue es el texto, que sirvió de prólogo a mi primer libro “La Nueva Rebeldía”, publicado por la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, que generosamente me escribiese en 1976 el gran venezolano, escritor, historiador, senador y ex Presidente de la República, Ramón J. Velásquez
Desde su adolescencia en un pueblo de la montaña cuyo paisaje desdibujaba la neblina, Ángel Ciro Guerrero mostró su devoción por las letras, su vocación poética, su interés por la política.
Arturo Croce, voz mayor de la cultura andina, saludó la aparición del adolescente señalando su voluntad de fabricar un mundo poético y destacando la confesión de sus titubeos. El poeta padrino advertía en esta señal de angustia un buen signo. “Siempre se titubea, en el largo camino literario y artístico. Seguro no se está nunca”.
Más empeñado en trabajar que en figurar, Guerrero ha dedicado tiempo y pasión en su empresa lírica. Sin compromisos con la publicidad trabaja su poesía con pasión de artesano, seguro eso sí de que esas líneas no son simples ejercicios retóricos.
En el andino de otros tiempos, en la era de los caminos difíciles, conocer el mar -o la mar, como en los Andes se decía- era un sueño mayor. Hundir los ojos en la inmensa llanura móvil. Ver las olas, mirar los barcos. En Mérida, en 1888, la colonia de estudiantes tachirenses bautizó su periódico con el nombre marino de “La Madrépora” y allí escribieron sus primeros versos y publicaron sus primeras prosas quienes al andar del tiempo iban a ser primeras figuras en el campo de las letras como Pedro María Morantes, Samuel Darío Maldonado y Abel Santos.
Ángel Ciro Guerrero ha conservado la tradición y como los tachirenses del siglo XIX, cuando vivía en La Grita, soñaba con romper la muralla que la cordillera forma alrededor de los valles poblados del Alto Táchira, con ir más allá de la aldea. Y una de sus primeras empresas, idealizadas por su certeza de que se trataba de un descubrimiento, fue la de recorrer toda América, desde Canadá a Chile, en su frontera con la Antártida, más que peregrino que como turista. Lejos de los aviones y los costosos automóviles, pasajero de camiones o de trenes de carga, fue a oír, a mirar, a descubrir la gente, el paisaje, el amor, el odio de los pueblos que en el continente hablan español.
Era lógico que para ganar el pan se hiciera periodista y para compartir dudas y emprender luchas militantes en las filas de un partido político. Papeles estos que han correspondido a los jóvenes de su tiempo, huéspedes, actores y dueños de una Venezuela compleja, rica en posibilidades y millonaria en problemas, muy distante de la patria que conocieran las generaciones, todavía en plena acción creadora, de 1928 y de 1936.
Fruto de sus reflexiones juveniles sobre Venezuela y el mundo, de sus experiencias como participante en grandes jornadas nacionales y de su posición de miembro de una generación que le correspondió aparecer en el escenario nacional en la zona de predominio universal de la juventud, son las páginas de su ensayo sobre la nueva rebeldía.
Muy lejano por el tiempo en que Juan Vicente Gómez logró sustraer a Venezuela de las corrientes convulsionadas del mundo para convertirla en un país mudo y secuestrado, los grandes acontecimientos mundiales de estas últimas décadas han tenido inmediata repercusión en nuestro medio y Venezuela ha compartido desde las tesis ideológicas hasta las modas, todos los esquemas o proposiciones que al mundo de hoy se brindan en forma de protesta contestataria o de defensa de las normas tradicionalmente establecidas.
Cada nueva generación está en el deber y en el derecho de descubrir el mundo. La monotonía ahogaría a la humanidad si la simple repetición de los conceptos consagrados fuera la tarea a cumplir por los hijos y por los nietos. Tal vez por esta necesaria ignorancia de la historia que enorgullece a los jóvenes venezolanos de esta época, ellos ignoran que Venezuela a lo largo de su tormentoso proceso histórico ha sido siempre un país en donde los jóvenes determinaron los grandes cambios políticos y sociales. Y que en el desplazamiento de los grupos que han predominado en el poder, lo mismo en la hora en que los Generales de la Independencia (Páez, Soublette, Mariño y los Monagas), son borrados de la escena que cuando el turno de la liquidación corresponde a los Generales de la Federación, o en los tiempos finales de la dominación andina quienes vienen a sustituirlos son hombre que desde sus veinte años de edad elevan las banderas de la renovación ideológica y política. A un Páez y a un Monagas senectos los sustituyen un Guzmán Blanco, un Crespo, un Alcántara, un Pulido, treintañeros que empiezan una carrera y figuran ya en sitios destacados en plena adolescencia. Y lo mismo ocurre en 1899, cundo a lo viejos Generales del liberalismo amarillo, que eran los jóvenes de 1870, los empujan del escenario del poder los Generales y Coroneles andinos que apenas bordean los veinticinco años.
Naturalmente que esta observación está reñida con las más elementales normas científicas para el análisis de los períodos de nuestra historia, pero no puede dejar de reseñarse como dato curioso estos violentos cambios generacionales que se suceden desde la hora misma de la independencia por el alcance histórico de la intervención que protagonizan hombres de edad temprana.
Gómez en 1919 tuvo que enfrentarse a la más poderosa conspiración cívico-militar que se gestó a lo largo de su interminable dictadura. Tenientes, Subtenientes y Capitanes cuya edad promedio no llegaba a los veinticinco años (uno de los Parra Entrena tenía diecisiete), estudiantes y escritores de la misma edad van a pagar con sus vidas sometidas al tormento, el empeño de liquidar la corrupción y la barbarie,
No pasarán diez años sin que la dictadura gomecista tenga al enemigo en armas. Pero en esta ocasión, 1828, es una escaramuza de una larga marcha revolucionaria. Y si Juan Vicente Gómez muere en la cama, la generación universitaria que empezó a combatir en estos carnavales, logró a la postre liquidar al gomecismo que para la mayoría de los adultos y de los ancianos de nuestro país aparecía como una realidad eterna.
Naturalmente que la historia no se detiene y ya para 1960, una nueva concepción de la vida y de la política agrupa a los venezolanos que viven la experiencia de la primera juventud. Es la negación afirmativa de los que quieren hacer ver su presencia. El mundo se ha reducido en su tamaño y las puertas del país están abiertas a todas las corrientes. Hay que evitar el drama guerrillero de la isla vecina, no importa que la circunstancia histórica sea otra y los sectores políticos, sociales y económicos, muy distintos. Si treinta jóvenes lograron derribar una tiranía y liquidar un régimen económico y un so sistema social, ¿por qué no hacerlo aquí donde es mayor el número de refugios montañosos y en donde la retórica devocionario campea airada y desafíate en congresos, cátedras, periódicos y plazas públicas?
Los seduce la gloria del caudillo isleño que fue un revoltoso líder universitario y audaz empresario de asalto a cuarteles. Y empieza una experiencia venezolana que no conmoverá al régimen político, ni modificará el sistema de las relaciones clasistas, pero que se traducirá a los pocos años en una excelente y numerosa literatura testimonial.
Esa generación de 1958 no logra la liquidación revolucionaria del sistema político y social venezolano y muchos de sus actores terminan por aceptar los términos y realidades de la democracia liberal y burguesa. Pero en cambio sí se apoderan de otras aéreas nacionales no menos importantes y de impartirles su sello y estilo. Lo mismo en la literatura que en la historia, en el teatro que en la pintura, en la orientación de los estudios sociológicos y antropológicos que en los ensayos de un cine nacional. No logran modificar el cuadro del poder tradicional que aparentemente sigue intacto aunque visiblemente debilitado, pero cooperan en el establecimiento y consolidación del poder gremial o profesional que coparticipa y muchas veces impone su criterio o su veto, en la colaboración de los grandes planes nacionales.
Como el número de jóvenes ha aumentado y ya no se trata de los reducidos centenares de 1936, o de los pocos miles de 1958, sino de decenas de miles, ya la izquierda marxista perdió el monopolio de formación del criterio y de sensibilidad juvenil que logró mantener desde 1931 hasta bien avanzada la década de los años sesenta. Además, la izquierda marxista es en universidades, liceos, redacciones de periódicos o grupos gremiales, un verdadero abanico que empieza en el ortodosxismo soviético, sigue con el nacionalismo nacionalista y avanza hacia el fidelismo para prolongarse en los grupos fokuistas, en el trokismo, en el guevarismo hasta hundirse en los fosos de esa ultraizquierda que en sus desvaríos colinda con los grupos provocadores de las grandes policías.
Esa Venezuela de 1976 ni es ya el pueblo simple y rústico de Gómez, ni la nación vacilante de los años cuarenta, ni el país fervoroso y creyente en los valores absolutos de la democracia de los años sesenta sino una nación rica y pobre, creyente y descreída en la que se mueven mil intereses de toda laya y por tanto no puede hablarse de la juventud como un cuerpo homogéneo no obstante la aparente unanimidad de su protesta y el taladrante grito de sus condenaciones. La prueba de esa afirmación pudo presenciarla el país en las elecciones nacionales de 1973. Pues si la juventud hubiera respondido a esa imagen de unidad en la protesta que de ella tenían los temerosos adultos, otro habría sido el resultado electoral o al menos la correlación de las fuerzas vencedoras. Pero jóvenes hubo en crecido número como electores de todos los candidatos que ofrecía el espectro electoral, así fueran tildados como representativos del conservatismo o de la reacción.
A lo largo del tiempo, para los venezolanos que conformamos la congregación de los padres de familia, de los tíos y de los adultos mayores de treinta años, el molde de la juventud era el que se fundía en la única universidad que existía en el centro el país: la Universidad Central de Venezuela o de Caracas, según quiera llamarse. Según una miope visión la juventud estaba constituida por una minoría, por una élite que tenía la oportunidad de llegar a un alto tramo de cultura y que de allí saltaba a los puestos de dirección del país, bien estos sitiales fueran los del gobierno, los de la oposición, los simplemente profesionales o los de la dirección económica y financiera del país. Pero ese molde empezó a romperse en la misma medida en que el país despertó de un letargo forzoso y se multiplicaron los centros de formación educacional en la capital y en las provincias y se brindaron nuevas oportunidades a quienes no podían llegar hasta los campos universitarios. Ya era inexacto asimilar la imagen juvenil al espécimen que producía la UCV, pues ahora había que tomar en cuenta a ese mundo mayoritario de las juventudes a quienes las condiciones de vida no les brinda la oportunidad universitaria que es hoy las de los menos, así se multipliquen las universidades e institutos de educación superior y la matrícula se multiplique por decenas de miles. Ya no puede hablarse pues de un tipo único de juventudes como podríamos haberlo hecho en la Venezuela simple de 1935, o en los días ardientes y confusos de la caída de la dictadura y del advenimiento de la democracia.
Podría arbitrariamente señalarse algunas divisiones entre quienes ostentan de manera orgullosa y agresiva la condición de jóvenes; formarían el primer grupo las minorías que mantienen la mística revolucionaria que también animó en su hora a los jóvenes de 1810, de 1859, de 1888, de 1928, de 1957, de 1961, muchos de los cuales cuelgan su rebeldía debajo del clavo que sostiene su título una vez que abandonan la universidad. Pero en su mayoría conservan y mantienen más allá de las aulas su desinteresado interés por la justicia y la reforma social.
Podríamos integrar al segundo grupo los muchos que acomodan su protesta dentro de los moldes maquiavélicos, productivos y deformantes que es brindan los empresarios de la sociedad de consumo que convierten la figura del Eché Guevara en calcomanías vistosas en millones de costosas franelas y traducen las canciones de protesta a millones de discos a distintos precios, que producen pantalones remendados que nunca pondría comprar un obrero y que estimulan un lenguaje procaz que no esconde protesta sino desorientación y mala educación. Estos jóvenes manipulados por quienes dedican sus horas al estudio de las debilidades humanas para ponerlas al servicio del consumo proyectan un trágica influencia en no escasos grupos de adultos que quieren imitar a las juventudes en sus actitudes de protesta tomando para ello únicamente las formas de lenguaje y que en modales, trapos, sandalias y costumbres se empeñan como el invitado del cuento de Maurois que llegó disfrazado un día después de la fiesta, en vestir, caminar, reír y amar como les aconsejan desde los centros mundiales de la explotación económica, a los jóvenes de estas décadas, en una escuela que no les abre caminos, ese vasto mundo juvenil se agita en la oscuridad y entra a formar en el ejército de los resentidos, de los desorientados, aumentando la carga social de su país sin recursos humanos suficientes para alcanzar los grandes objetivos que aseguran el destino de todo pueblo. Es un problema de supervivencia nacional el que tiene que enfrentar Venezuela para lograr el inmediato rescate de esos vastos sectores juveniles.
Ángel Ciro Guerrero analiza el panorama mundial de la juventud. Y demuestra conocimiento y maestría en el tema al detenerse a analizar episodios de importancia del Mayo francés y de las rebeliones norteamericanas. Logra su empeño al brindar una visión universal del problema.
Pero en los apuntes que escribo ante la sugestión de su trabajo, he querido referirme exclusivamente al caso nacional, al problema nuestro, pues el propósito final del ensayista es el de invitar a las juventudes venezolanas a la empresa de construir un gran país, utilizando la tremenda fuerza de su rebeldía para liquidar vacilaciones, perjuicios y defectos.
Y he tomado en cuenta, de manera excluyente, el caso de la juventud venezolana, pues en mi concepto su acción es excepcionalmente dramática dentro del actual panorama hispanoamericano. Ninguna juventud en nuestro continente está, como la venezolana de 1976, más rodeada de graves peligros que no crea la fantasía sino que fabrica la realidad. Numerosos venezolanos desde los sitios más distantes y desde las posiciones más antagónicas han alertado y alertan a las nuevas generaciones contra el clima del facilismo que en la vida venezolana crea la superabundancia del dinero proveniente de la manipulación de los precios del petróleo. Es esta una riqueza que no nace del trabajo del venezolano y que no ha encontrado los cauces normales para asegurar un justo equilibrio entre las exigencias del desarrollo y las tentaciones del despilfarro. Esta abundancia se traduce casi siempre en trabajo a desgano, en facilidades para eludir las obligaciones y las normas legales más disfrazadas y bien pagadas de la ociosidad, en premios, gabelas, comisiones y regalos sin medida.
Naturalmente que semejante estado de cosas, tal espectáculo diario que a muchos adultos y a no pocos jóvenes asegura riqueza, nombradía y poder puede influir en la mentalidad y en los hábitos de las nuevas generaciones, pues la tentación y el pecado terminan por perder su peligrosidad. Si los errores en premios se perdonan, si las rectificaciones de la improvisación o del descuido sólo se corrigen a base de cuantiosos desembolsos y si la irresponsabilidad y la corrupción quedan impunes, se crea una atmósfera malsana para quienes llegan al escenario nacional y no pueden ir contra todas las potestades,
Esta no es la situación que confrontan las juventudes colombianas, peruanas, chilenas, argentinas o de cualquier otro de los países de nuestro continente que tienen que afrontar los rigores de la pobreza de los recursos fiscales, y que desde el comienzo entienden la necesidad de trabajar mucho para vivir poco, de adquirir hábitos de responsabilidad y continencia que estimulan la moral de la juventud y la sitúan en un plazo de prematura seriedad y trascendencia.
Las reflexiones de Ángel Ciro Guerrero son producto de su conocimiento de la realidad, de su sincera inconformidad con los moldes que descubrió cuando empezó a caminar por el mundo, de su condición de actor y testigo en grandes jornadas populares. Y también de su otra condición, la de poeta y cuentista capaz de soñar y de pintar los hombres y el paisaje de una Venezuela menos injusta con sus jóvenes y con sus viejos.
Le agradezco al joven poeta, periodista, político y ensayista la oportunidad que me brindó de poder leer los originales de su ensayo y de asomarme a ese mundo de la juventud donde se gesta, como en un embarazo, a la Venezuela inminente,
Ramón J. Velásquez
Caracas 1976


