Ya empezó la guerra sucia Señal de desesperación por Héctor Mata Rodulfo

Cuando en la calle se comprueba y en las encuestas se confirma que determinado personaje va perdiendo, antes que reflexionar el porqué de su inmediato destino, la derrota, el individuo les ordena a sus conmilitones desatar una guerra sucia contra su adversario, el que le va ganando a todo evento. 

A esta clase de politiqueros, que por ahí abundan, sin restos siquiera de moral, sólo les ocupa tratar de desmoronar el sitio en donde su adversario se solidifica, conocedores de que, en esa sólida base, la popular, por supuesto, radica la mayoría que lo desprecia, la mayoría que lo detesta, la mayoría que no lo quiere y la mayoría a quien, con su mala conducta, permanente mentira, falsedad siempre y malas acciones, del todo y por todo ha defraudado. 

La guerra sucia es y ha sido siempre el recurso último de los perdedores. Puesta en práctica, de inmediato se conoce al promotor, al propagador de falsedades. Los embadurnadores de paredes con pintas vulgares y señalamientos a veces escatológicos, son simples peones de los que, locos de rabia porque no encuentran respaldo en ninguna parte, los financian. Y éstos, que pueden estar o no en el gobierno, o quieren seguir estándolo a pesar de tenerlo todo en contra, con tales actitudes, lo que hacen es retratarse como culpables. Y lo son, porque se jactan del crimen cometido -que así debe calificarse- contra la democracia que ordena siempre jugar limpio. 

Creyendo que hacen daño, emplean los dineros públicos para fomentar odios, para crear separaciones, para orquestar conspiraciones y para sembrar discordia. Olvidan que cada una de estas malhadadas acciones terminan apurando su descenso a las profundidades de la historia, de donde ya no regresarán y repudiados por la gente decente, la inmensa mayoría. 

Por lo demás, son igualmente estúpidos, pues llegan al infantilismo de difundir toda clase de tonterías. Por ejemplo, si quien les va ganando de calle acudirá tal día a tal hora a tal evento, desarrollan un plan de confusión negando día, hora y lugar, porque “el candidato no va, está enfermo o tuvo miedo”. Asimismo, ponen en boca de dirigentes locales, declaraciones negativas, para que a esos dirigentes el pueblo que apoya al que va venciendo les reclame su cambiazo, su salto de talanquera, su recule; y a otros los inmiscuyen en campañitas locales a fines de desprestigiarlos y, para consolarlos, les ofrecen lugar en el equipo del que va perdiendo. 

Esa conducta, repetimos, tan vieja como el rencor, la envidia, la rabia, el despecho y también el reconcomio, a la final no produce ninguna clase de dividendos. Por el contrario, hunde a sus actores, evidencia que de inteligentes nada tienen y mucho, sí, de embusteros, filibusteros, débiles y de corruptos, 

La democracia, con esta clase de sujetos, tiende a resquebrajarse y el ejercicio de la política a prostituirse. Una y otra son posturas muy dañinas que el pueblo rechaza porque, en el fondo, el pueblo lo que quiere es contar con gente responsable, con alta moral, con inteligencia, valentía y decisión. Quienes mienten y actúan en la sombra, además de saberlos cobardes en todo sentido, el pueblo los sabe culpables de lo que en el país ocurre. 

Una campaña electoral, entonces, para esta clase de fulanos, es escenario para los agravios, no para las ideas; de puñaladas traperas, no de confrontación de propósitos. De allí que salgan no derrotados, que es lo de menos, sino estigmatizados como indeseables, que para un ciudadano y para un político es el castigo más terrible. 

Bueno, de todos modos, al sentarse en la mesa, los jugadores ya lo saben tramposo y se aprestan a descubrirle la carta de más, con ella -que le colocan en la frente-, el que juega sucio se va marcado y sin nada, mirando hacia todos lados, muerto de vergüenza porque todo el mundo lo descubrió mala gente. 

 

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