Siracusa, la dama siciliana

Imagínense viajando en un velero donde se habla griego, siguiendo el sol hacia poniente en busca de un puerto seguro. La tormenta les empuja hacia una ensenada natural cuyas aguas se encuentran protegidas por un ancho y plano espolón de roca ocre, y allí toman tierra, rezando por encontrar agua.

Donde menos lo esperaban, bajo unos rocosos acantilados, los marinos encuentran un manantial de aguas dulces que brotan a escasos metros del océano, derramándose sobre las olas. Aquello sólo puede ser obra de los dioses, o quizás, la morada de alguno. Guiados por la fuerza que aporta saberse en terreno divino, griegos y fenicios decidieron construir sobre aquella isla, junto al manantial, la ciudad más célebre entre las colonias helenas: Siracusa.

Vista de Ortigia

Isla de Ortigia, el lugar en el que hoy se encuentra el casco antiguo de Siracusa© Alamy

El manantial tomó el nombre de «fuente de Aretusa», y los antiguos mitos griegos cobraron sentido. Aquel riachuelo rodeado por las olas sólo podía ser aquella náyade, la joven Aretusa, convertida en agua dulce para escapar del dios Alfeo, otra deidad fluvial. Sin embargo, el dios la encontró, a pesar de los esfuerzos de Artemisa por proporcionar a la muchacha un refugio seguro en la isla de Ortigia, donde hoy en día se asienta el casco histórico de Siracusa.

El mito de Aretusa y Alfeo representa literariamente, tal y como sólo podían prever los griegos, el devenir histórico de la ciudad. Fundada por colonos griegos que buscaban escapar de la pobreza del Peloponeso, Grecia nunca dejó marchar del todo a los siracusanos. Los atenienses y sus aliados de la liga de Delos trataron de atrapar a la ciudad en el embrollo de la Guerra del Peloponeso, protagonizando uno de los asedios más célebres de la antigüedad.

Siracusa se asentaba y asienta sobre la isla de Ortigia, el refugio proporcionado por Artemisa para Aretusa, y allí, al igual que la joven náyade, resistieron los siracusanos los ataques navales de los atenienses, célebres marinos cuyas galeras eran la máquina de guerra más temida del Mediterráneo.

Ortigia

Castello Maniace© Alamy

Los siracusanos pidieron ayuda a Esparta, y esta contestó enviando a uno sólo de sus generales, de nombre Gilipo. Fue este espartano, criado en la férrea sociedad laconia, educado con la única finalidad de vencer batallas, quien logró guiar a los siracusanos hacia la victoria, acuñando un dicho que haría llorar de vergüenza a los atenienses que lo escuchaban en su ágora: “un solo espartano vale más que dos mil atenienses”.

Dichas palabras resonarán en nuestros oídos cuando nos asomemos a la plaza Minerva y nos sintamos pequeños al contemplar las columnas dóricas del viejo templo de Artemisa. Las moles de piedra ocre se encuentran insertas en el Duomo de fábrica barroca, como si la antigüedad quisiera aferrarse a la ciudad, y a su vez, Siracusa se resistiese a abandonar el pasado.

Aretusa escapa de Alfeo, quien a su vez, crea con su obsesivo empeño un lugar de ensueño donde no pasa el tiempo. Este pensamiento se torna recurrente cuando, desde la plaza Minerva, caminamos hacia el sur, rumbo al castillo de Maniaces. Los arquillos de las casas, de buena piedra blanca, parecen alojar reuniones de espadachines esperando a su víctima, un alto funcionario de la corona española o un conde siciliano con deudas impagables. Las azoteas alojan vida y bullicio, y de los patios cubiertos por esplendorosas buganvillas surgen niños juguetones y perros traviesos que huelen a la pasta alla norma preparada por sus abuelas. Tal y como siempre debió ser esta isla, y como nunca dejará de serlo, juventud y vejez se juntan mientras los capitales dóricos del Duomo se preguntan dónde se encuentra el tiempo, y por qué se detuvo en Siracusa.

Al oeste del Teatro Comunale se abre un laberinto de callejones que bien podría pertenecer a una medina tunecina, cuyos aromas llegan lejanos a través del Mediterráneo. También los musulmanes, como los atenienses, fijaron sus ambiciones en la siempre boyante ciudad de Siracusa. Los mahometanos, sin embargo, sí lograron vencer las defensas naturales de la ciudad, y Siracusa fue musulmana durante más de doscientos años.

La herencia cultural que llevaron consigo los conquistadores africanos se dejó sentir en el arte y la arquitectura sicilianas, y todavía lo hace en su gastronomía. Los dulces son en la isla una cultura aparte: merecen mención de honor los crujientes cannoli, cuya masa, frita en aceite, huele a canela y sabe a pistacho, transportándonos con su crema hacia latitudes africanas.

Puramente griego, latino y Mediterráneo es el gusto siciliano por lo que ellos mismos llaman “cibo di strada”, “comida callejera”, servida en todo tipo de puestos ambulantes que jalonan cada esquina de las ciudades y pueblos de la isla. Allí se pueden degustar los pani ca meusa, panecillos rellenos con bazo y pulmón de ternera salteados con manteca de cerdo.

Siracusa, la perla oriental

Al pasear por Siracusa, uno tiene la sensación de que no pasa el tiempo© Alamy

Los amantes de la casquería tocarán el nirvana, mientras que el resto se preguntarán qué mosca ha picado al redactor para recomendar semejante bocata. La razón es simple: comiendo un pani ca meusa se experimenta en el paladar la propia historia de Siracusa. Primero, un regusto fuerte, de guerra y supervivencia con aroma a especias orientales, griegas y fenicias. Después, una calma grandiosa en la que el sabor de la carne se expande, dando a luz a estrellas como lo fue Arquímedes, símbolo de la edad de oro de la ciudad. Más tarde llega el último regusto salado, la manteca aferrada a los fuertes sabores del bazo frito, provocando un aroma semejante al jamón serrano sofritado.

Y es aquí, al recordar a nuestro embutido patrio, cuando aparece ante nosotros la historia de una Siracusa que durante siglos fue parte de la Monarquía Hispánica, cuyos lazos con la península nunca han podido desanudarse del todo.

Hay mucho de Andalucía en los patios ajardinados de Siracusa, así como de Mérida y Córdoba. Uno se siente al sur del Tajo al asomarse a las ruinas del templo de Apolo, perderse por los bulliciosos mercados, y percibir en los gritos de los tenderos el gusto por su oficio. El sol quema y el cielo brilla mientras el Mediterráneo ejerce de espejo para las tierras que en él se miran, mostrando los rostros de quienes comparten sus orillas.

Al colgar los pies de los muros que rodean el castillo de Maniaces, mientras las gaviotas gritan lastimeras a nuestro alrededor y la espuma del mar salpica nuestras sandalias, sentiremos que Siracusa nos invita a dormir, como si estuviésemos en nuestra casa, mecidos por sus brazos. El último escondite de Aretusa, la casa de Artemisa, siempre ha ofrecido un colchón a quienes han entrado respetando: y como buena dama siciliana, sólo se mostrará a quien primero demuestre conocer su pasado.

Siracusa

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