Que el gobernador gobierne al Estado, no a los partidos, por Juan Palomo

De todas partes surgen los comentarios que, uno a uno, y son ya muchos, dejan muy mal parado al señor gobernador.  

Además de acusarlo de auténtico incapaz, insisten en culparlo de pretender, con los dineros públicos, comprarse el presunto apoyo de algunos dirigentes de escaso bulto y cuestionado prestigio, pero que quieren sobrevivir, que le estarían garantizando, no se sabe cómo, “salvarle” lo que le queda de liderazgo, si acaso de verdad lo ha tenido, vista las ineludibles elecciones de la nueva asamblea, el venidero diciembre.  

Su nómina, al respecto, ya es larga y, sumando, cuesta un ojo de la cara la para nada honrada pretensión del señor gobernador, que siendo alcalde de Mariño, se acostumbró a práctica non santa que, legalmente se traduce en peculado y en el diccionario popular se denomina corrupción, tracalería y robo.  

Quiere el señor gobernador, que está navegando entre dos corrientes, la AD de Henry y la AD de Bernabé, para no ahogarse a la hora del gran naufragio, contar con suficientes salvavidas que lo alcancen a la playa.  

De allí que de antemano esté comprando a sus futuros salvadores a costillas de los insulares, sin importarles que muchos de sus ya abonados se ufanen de decirlo en cualquier parte, advirtiendo que, de acuerdo a cómo vaya la tormenta, subirá el pago de cada tripulante de este peñero tan pirata. 

El asunto debe examinarse con mucha atención. A profundidad. No solo porque se estaría cometiendo un hecho abiertamente irregular, doloso en todo sentido, sino porque es la demostración más crasa de la podredumbre en que actúan algunos dirigentes políticos, que han hecho de sus partidos, simples instrumentos no para facilitarle beneficios al pueblo sino para satisfacción de sus personales intereses. 

De allí que mucha gente, cada vez en número creciente, esté dejando de lado a esa clase de politiqueros y buscará sustituirlos porque, afirman, al país hay que adecentarlo y, en una primera instancia, ese adecentamiento comienza por adecentar la política.  

Los que cobran por ayudar al señor gobernador a salir sano y salvo del proceloso mar en que está metido, son igualmente culpables del rechazo, que se agiganta a cada rato, que se ganan sus organizaciones, consecuencia de mantenerlos en sus listados de militancia. Son este tipo de vividores los que dañan cualquier buena intención o ideología de los partidos que, lamentablemente, alberga esta clase de individuos. 

El señor gobernador, que presuntamente sabe mucho de esta clase de jugadas, la de comprar solidaridades con plata ajena, con su chequera que también camina, lo que quiere es llevar a la asamblea nacional la mayoría de sus siguieses, de manera –así lo piensa- de ganarse su ratificación como abanderado de alguna de las dos AD y de los partidos cuyas fichas ha comprado, a la gobernación neoespartana. 

Esta es su única preocupación, su exclusivo trabajo, su norte y destino. Ha abandonado por completo sus obligaciones con el pueblo que lo eligió, y que hoy grita su arrepentimiento en toda Margarita y Coche. Ese interés tan desmedido del señor gobernador, al mismo tiempo tiene un gran significado y una lección: 

Hay que pensar mejor para decidirse mejor y evitar que Nueva Esparta sea representada otra vez por gente inexperta, que vaya a la asamblea nacional sólo a lucirse y a ser servida, ganándose indulgencias con escapulario ajeno. Los insulares queremos diputados que nos defiendan, que su voz la escuche el gobierno y responda con hechos concretos a los requerimientos de nuestra región. Ya basta de tanto muñeco de torta allí llevado por equivocaciones. 

Y en cuanto al señor gobernador, que ya no tiene cómo devolverse porque está metido hasta los tuétanos en su profundo mar de ineptitud gerencial y oleaje con cresta de corrupción, lo único que pueda recomendársele sería que ruegue no terminar hundido por los que contrató como sus salvavidas. 

Juan Palomo

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