Verdaderamente fue una Gran Primera Dama, Por Ángel Ciro Guerrero

Ya había entrado a la historia, por muchas razones. Dos principales: su sensibilidad social, su responsabilidad y su absoluta y total dedicación a la atención de los niños, especialmente los discapacitados, y los ancianos. Y su raigambre democrática, su valentía demostrada ante los felones, golpistas y cobardes que, a montón, y conociendo que en La Casona solo estaba ella, sus hijas y apenas unos cuantos soldaditos, estuvieron varias horas ametrallando la residencia presidencial; un acto verdaderamente criminal que repudiaron todos los pueblos del mundo a quienes violentando la carta magna intentaron defenestrar y asesinar al presidente Carlos Andrés Pérez, el fatídico 4F. 

Doña Blanca Rodríguez de Pérez, asimismo fue muy querida y respetada por toda la gran familia venezolana que, sin excepciones, la consideró, junto a Doña Menca de Leoni, entre las más abnegadas mujeres que han hecho historia, más que por ser las esposas de dos de los mejores mandatarios que ha tenido la democracia, por representar con mucho acierto y dignidad, una inmensa capacidad y vocación de servicio puesta al servicio de los humildes, a los que favorecieron sin duda alguna con probada eficiencia y eficacia. Bandesir y el Festival del Niño, bien las definen. 

Tachirense, de Rubio, como su esposo, desde joven destacó por su inteligencia y empeño. Fiel, leal, madre insigne, sacrificada y víctima, también enfrentó en varias ocasiones a los esbirros de la dictadura perejimenista. La de Doña Blanca fue una larga carrera, con toda clase de sacrificios por su total apoyo a la tarea política de su marido, sufriendo dentro y fuera del país muchas penurias. Yo escribí las sufridas por ella y Carlos Andrés como exiliados en Costa Rica, a donde viajé enviado para tal tarea por las revistas “Momento” y “Bohemia”, pero igualmente testimonios del aprecio, cariño y respeto que les profesaron los costarricenses, demócratas raizales, sin lugar a duda.  

De profundas convicciones cristianas, era una gran consejera que, sin alharacas de cualquier clase, cumplía sus ofrecimientos y siempre en sus labios estaba el sagrado nombre del Dios Todopoderoso. Respetaba y la respetaban. Muy educada, pero firme, sabía poner las cosas en su lugar y a quienes incumplían sus responsabilidades, por más alto o pequeño que fuese el papel que desempeñaban, les hablaba claro y firme; su humildad, notoria, la acompañó siempre, destacándola por su absoluto alejamiento de cualquier forma de oropel.  

Muere rodeada de millones de venezolanos que la quisieron cuando ella fue la Primera Dama, que la recuerdan como una mujer en cuya imagen está bien esculpida la imagen misma de la mujer venezolana, dedicada a su hogar, a su esposo, a sus hijos, a buscar siempre el mejor camino para lograrles un futuro provechoso; apasionada porque el país fuese el mejor de todos y que la democracia, por la que luchó realmente, desde la resistencia y desde el gobierno, así como la libertad fuesen hechos concretos. Está en la historia, definitivamente. Al lado de los grandes, en el sitial inamovible que la memoria de los pueblos le reserva

Angel Ciro Guerrero

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