Lo difícil que es saber vivir en paz y respeto, por Ángel Ciro Guerrero

Una perniciosa minoría de la mayoría respetable que habita en Las Residencias San Rafael, frente a la Alcaldía de Mariño, a escasos metros de la policía municipal, ha sobrepasado ya el límite de lo tolerable en tiempos de la crisis social y de la terrible pandemia del coronavirus que, como en todo el país y en el mundo entero nos azota aquí en Nueva Esparta. 

Resulta imposible aceptar que tales personas, hombres y mujeres, se resistan a entender y menos aceptar que el Covid-19 de verdad mata. Para estos ciudadanos, por así llamarlos aunque en propiedad no lo son por su desagradable comportamiento, abusan de la necesaria tolerancia que demanda la cordura.  

Su enorme falta de educación, y su grosera actitud evidencian que no saben o no quieren entender la importancia de tener, al menos la más ligera noción de lo qué es civismo. Lo de ellos es asunto atávico, sin lugar a equivocaciones. Se aprecia, sin mucho esfuerzo, que su actuación en la pequeña sociedad, la comunidad donde habitan, es totalmente violatoria de lo que puede considerarse normal; que tan desagradable situación que a diario protagonizan unos y unas les viene desde lejos, resultado de la pésima crianza, se supone, que han debido recibir desde temprano. 

De allí el desparpajo con el que esta clase de personajes se enfrentan a la vida, frente a quienes sí cumplen cabalmente su papel de ciudadanos. Es una muestra muy lamentable, además, de algún desequilibrio, que bien pueden interpretar los psiquiatras, analizar los sociólogos y juzgar las autoridades de la ya completa desorganización con la que viven, pero sin dejar vivir a quienes, por decencia, se han limitado al tímido reclamo, apenas, sin hacer uso, hasta la fecha, del derecho que se tiene de vivir en pacífica convivencia, donde el respeto se respeta en función de respetar la dignidad humana, como bien lo pautan las normas y reglamentos que sobre tan importante acto social pautan las leyes de la república. 

Para estas señoras y señores, no existe pandemia. Tampoco las limitaciones, ni siquiera el elemental saber que, por su propia irresponsabilidad consigo, pueden contagiarse y morir. Les importa nada. Se sienten de acero. Creen, que con desafiar las medidas de protección, el tapabocas, la distancia, la no concentración, la prohibición de tiesticas o fiestotas de cumpleaños, les distingue, les confiere mando.  

Están tan equivocados que ya no pueden distinguir, por su dañina obcecación, entre lo que es mejor y conveniente; si seguir siendo marginales o procurarse los cambios más elementales que les ayude a superar sus limitaciones sociales. Entre otras muchas, dejar de emplear un lenguaje tan soberbio como escatológico que asombra y avergüenza escuchárselo a señoras que, por mujeres, tendrían que guardar cierto recato; de los hombres, igualmente, porque no se es más macho pareciendo jefe de pandilla, antes que protagonizar el papel de un buen ciudadano, que es lo preferible en estos tiempos donde los valores morales se fueron tan lejos, pero tan lejos, que costará mucho reencontrarlos. tanto como al país que perdimos. 

Los gritos, las risas locas, desagradables, hirientes al oído, dos y hasta tres veces a la semana en los pasillos comunes, música a todo volumen y el consumo de alcohol es, aquí, cuestión pública y notoria. La policía, lo sabe y lo ha comprobado, pero de la simple y a veces comprometida amistad entre esa gente y algunos agentes, no pasa, por lo que, el resto de la comunidad, sin quererlo tiene que ser su invitada a la fuerza. Y a quien se atreva a reclamar, arriba se dijo, se le aplican los más vergonzantes calificativos. 

Pues bien, como la ley aquí se viola impune, abierta y en absoluta flagrancia -como está ocurriendo por ejemplo, en la media noche de este sábado en que escribo la nota que usted, amigo lector, está leyendo, la mayoría de los vecinos le formulan, muy respetuosa pero firmemente a las autoridades, sean el gobernador, el alcalde, el jefe militar o el protector que. por favor, asuman de una vez por todas, y sin dobleces, su deber. 

Cuando en nuestra comunidad aparezca un contagiado, Dios no lo quiera, seremos un caso parecido o, cuidado sí superior, al que se dio en la ahora famosa academia de béisbol de Pedro González. Nuestro derecho a preservar la vida no puede ser violentado por irresponsables que han preferido vivir fuera de la ley, porque al violarla así se retratan.  

La autoridad tiene la obligación de hacerlos entender que, incluso, hasta podrían ser juzgados por bio-terrorismo si desencadenan lo que para esta comunidad y para Nueva Esparta sería otra tragedia, de acuerdo con lo así planteado por el tal cura Numa Molina, sobre los denominados trocheros,  Finalmente, que recuerden estos personajes que el desconocimiento de la ley no excusa su incumplimiento. 

ÁngelCiroGuerrero

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