De tufo en tufo, por Manuel Avila

Del realismo mágico y lo real maravilloso americano sacamos extractos de la tragedia que viven los margariteños y cochenses ante la calamidad del agua y la luz. Pareciera que no hay solución a estos problemas capitales que nos meten en una cápsula del tiempo para regresar vertiginosamente a la nada del atraso y la barbarie. Así estamos en Margarita con calamidades de 42 días sin agua en ciclos terroríficos que apuntan a la locura de ser únicos en el país en pleno 2020 y con altos y bajos en la electricidad que dejan por días enteros a los ciudadanos sin tan importante servicio público.En medio de esa locura que se cruza con el Covid entramos al 20-20 con la burra cargada de accidentes gubernamentales y sin la posibilidad de resolverle el problema al pueblo.

El agua marcada en ciclos duró en llegar en esta oportunidad 42 días. Fue un trayecto largo como jamás lo habían vivido los neoespartanos en el último medio siglo. Ni las pilas, ni las alcantarillas, ni los pozos para solventar la calamidad que en medio del Covid-19 ni siquiera le permitía al pueblo lavarse las manos porque el vital líquido no llegaba por ninguna parte. La gente empezó a tener pesadillas con la sequía que llevaba al pueblo a la peor crisis de la historia insular. Esa tragedia de no tener agua tanto tiempo fue el tema de conversación en los pueblos de Margarita y Coche, pues es evidente que la sequía iba acompañada de la falta de lluvia por estar en el mes de mayo. De todos lados salían camiones cisternas que venían a suplir la falta de agua por tuberías con el H2O extraída del centro de la tierra y una fórmula usada para solventar la carencia de agua en Margarita. Pero es que pagar un camión cisterna de agua es a fuerza de dólares y la gente de estos pueblos  tristes cobra en la mancillada moneda nacional que es un bolívar devaluado y sin ningún peso.

La gente caminaba como zombis ya no pendiente del Covid-19, sino de la falta de agua y de comida para sobrevivir a una crisis que se lleva en sus alas la terca idea de mantener sin los servicios básicos a un ciudadano sin tener calidad de vida. A las mil y cuarenta justo a los 42 días exacto comenzaron a sonar la tuberías para devolverle la felicidad por 3 ó 4 día a las comunidades insulares. Esos ciclos matadores que cada vez se van alargando hasta llegar más allá de los 40 días terminaron de hacer naufragar a una sociedad atrapada en los pésimos servicios de agua, luz, gas, seguridad, comunicaciones y salud. Eso sin agregarle que los venezolanos no tienen bolívares para ir a los supermercados a comprar los alimentos para el día a día.

En medio de esa calamidad del agua que se junta a las demás verrugas de la sociedad venezolana tiene rato atrapada nuestra gente en medio de un huracán que mantiene en jaque a una sociedad moribunda. De eso se trata de devolver a los venezolanos la calidad de vida que tuvimos por años y que de un tiempo para acá se volvió sal y agua. La sociedad empezó a padecer las peores calamidades y viejas enfermedades renacieron como por arte de magia para arrinconar al pueblo en medio de una pandemia que llegó al mundo para detener las agujas del reloj.

De aquellas reyertas entre pobladores por un tambor de agua pasamos a no tener ni siquiera la posibilidad de lavarnos la cara por la falta de agua, la gente dejó de usar desosorantes, ni jabones de baño, ni pasta dental y ni la ropa pueden lavar para andar olorosos a limpio. Los colectivos de pasajeros pasaron a convertirse en espacios de mal olientes y mal bañados. De repente nuestra sociedad empezó a oler a sucio, a ollín y a chiqui chiqui. Volvimos a la Venezuela rupestre donde los campesinos carecían de antitranspirantes, de perfumes y de fragancias.

Más nunca la gente entendió como los venezolanos perdieron esa presencia en espacios públicos con trajes de levita los hombres y las mujeres con vestidos donde la elegancia sobresalía por encima de las dificultades económicas. Entramos de nuevo a la Venezuela rural con su cargamento de atraso y olor a estiercol para sumergirnos en la miseria de una sociedad que se debate entre ser y no ser. Volvimos al pasado rural con ciudadanos fuera de contexto que confunden desarrollo con atraso y viceversa, pues lo que no tienen claro los ciudadanos es dónde nació esta crisis que se atragantó con dólares petróleros que se perdieron entre el populismo y la dádiva.

Y lo mismo ocurrió con el servicio de electricidad que se desbarató por completo en medio de la falta de mantenimiento y la pésima distribución de la luz.  Por eso los pueblos comenzaron a quedarse en tinieblas de nuevo y echaron mano a las lámparas de kerosén, a las fogatas, a alumbrase con la luz de la luna y a saber esperar la calamidades de un servicio eléctrico colapsado en todos los planos. Todos aquellos avances en manos de gobiernos democráticos que llevaron beneficios de servicios a pueblos alejados de las grandes ciudadades, terminaron muriendo lentamente ante el atraso personificado en proyectos de hombres sin ideas.

Por momentos creíamos que estábamos en el Ortiz de Miguel Otero Silva, el Macondo de García Márquez o en el Comala de Juan Rulfo. Y es que dimos el salto atrás a las catacumbas de la democracia nacional en medio de la aparición de tipos que estuvieron muchos años detrás de las cortinas empujando el barco de la democracia hacía el farallón. Y se dio la vuelta completa a la realidad nacional cuando los que estuvieron muchos años en la otra acera llegaron al poder a poner en práctica lo que querían para cambiar el nuevo país y con la idea grandiosa de formar el hombre nuevo. Ni una ni otra idea llegaron a home, pues al ciudadano lo recargaron de ideas obsoletas y lo pusieron a creer en ideas traídas de otras partes del planeta para convertir a Venezuela en tierra de nadie.

Solo con el salto atrás de los servicios de agua y luz el país echó a andar cerro abajo con dos servicios básicos colapsados de principio a fin, pues tanto el agua como la electricidad dependen sobre manera de la producción que tenga tierra firme. A eso hay que agregarle que el deterioro progresivo del tubo submarino que permite traer agua a Margarita empezó a desmoronarse de a poquito y la tubería que traía la corriente se descompuso por falta de tecnología de punta.

Terminamos con un servicio eléctrico colapsado y un sistema de agua convertido en parte del deterioro histórico de la Venezuela de los 2000, pues es evidente que nada hemos progresado en tiempos del socialismo del Siglo XXI. Por eso es que la suerte de los venezolanos se perdió en las nebulosas y dio paso a la aparición de la vagancia como fómula para preservar el progreso de nuestros pueblos.

Si los servicios de agua y luz no funcionan ningún gobierno puede avanzar en medio de una tempestad que asoma su cabeza y deja correr muy cerca a los grandes de la democracia para salvaguardar los cimientos de una sociedad que se cocina en su propia salsa

Por ahora seguimos navegando entre dulce y amargo buscando culpables de lado y lado, pero conscientes que gobernar no es una tarea fácil y es por eso que muchos terminan dando saltos de rana y dejando la posibilidad de dejar el pelero ante las soclitudes de un pueblo que exige de sus gobernantes las mejores ideas, planteamientos y oportunidades.

Volvimos a los años 50 y no encuentran los gobernantes la posibilidad de garantizar un clima de felicidad a sus gobernados, pues es evidente que no todo palo sirve pa´trompo.

Encíclica/ManuelAvila

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