«Mercados húmedos» chinos despiertan el miedo a otra pandemia

Se llaman «mercados húmedos» por los charcos de sangre, vísceras y agua que corren por el suelo. Un panorama que no resulta demasiado agradable para la vista, ni para el olfato, pero que abunda en China y el resto de Asia. A pesar de la modernización y urbanización que trae su progreso económico, en el mundo en vías de desarrollo todavía son corrientes estos mercados. Además de frutas y verduras frescas, en ellos se venden animales vivos como aves y peces porque son más baratos, naturales e incluso apreciados por la medicina tradicional por sus supuestas propiedades curativas y afrodisíacas. En ocasiones, hay hasta especies salvajes e incluso protegidas, que permanecen hacinadas en jaulas diminutas y en pésimas condiciones higiénicas donde se mezclan sus orines y heces.

Con una carta que más bien parecía un zoológico, y que incluía roedores, serpientes, puercoespines y hasta crías de lobo, eso es lo que se comercializaba y cocinaba en el mercado de Huanan, donde se sospecha que estalló la pandemia del coronavirus en la ciudad china de Wuhan. Como muchos de los primeros contagios estuvieron relacionados con dicha lonja, que fue cerrada el 1 de enero, los científicos creen que allí mutó un coronavirus procedente de los murciélagos, que pasó a otra especie intermedia como los pangolines, antes de contagiar al ser humano. Así ocurrió en 2002, con una civeta, durante la epidemia del SARS (síndrome respiratorio agudo y severo), que es «primo» del actual coronavirus y también se originó en un mercado de Cantón (Guangdong), al sur de China.

Pero en Huanan no se servían murciélagos y eso ha hecho que el origen de la pandemia se haya convertido en una disputa política. Debido a la tradicional opacidad del régimen chino, que al principio intentó ocultar la enfermedad, Estados Unidos y otros países sospechan del superlaboratorio P4 de virus que hay a las afueras de Wuhan e incluso del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de la ciudad, que está a solo 280 metros del mercado y también tiene un centro donde se investiga con murciélagos.

Nuevas zoonosis

Mientras se aclara este misterio, la vida vuelve a la «nueva normalidad» del mundo pos-coronavirus y en China y el resto de Asia reabren sus mercados. Entre ellos los «húmedos», lo que ha hecho saltar las primeras voces de alarma por el riesgo a nuevas zoonosis, como se denominan las enfermedades de los animales que infectan a las personas.

«La postura de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es que se permita la reapertura de estos mercados solo si cumplen estrictas normas de higiene y seguridad alimentaria», ha recomendado en una de sus últimas comparecencias públicas su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Como «el 70 por ciento de los nuevos virus viene de los animales», pide a los Gobiernos «prohibir rigurosamente la venta y comercio de especies salvajes como alimento». Con el Reino Unido y Australia a la cabeza, más de 200 grupos conservacionistas han emprendido una cruzada contra los «mercados húmedos» en todo el mundo.

En China, cuya imagen ha quedado muy dañada por la catástrofe global que está provocando la pandemia, las autoridades han prohibido ya el comercio y consumo de especies salvajes, cerrando 20.000 granjas donde se criaban puercoespines, avestruces y pavos reales y deteniendo a 2.000 personas. Fronteriza con Hong Kong, la ciudad de Shenzhen también ilegalizó el mes pasado la carne de perro y gato, que se come tanto en este país como en otros de Asia. Debido a su arraigo en la cultura popular, no será fácil aplicar dichas restricciones en China, donde incluso se celebra un festival gastronómico canino en Yulin, Vietnam y las dos Coreas. De hecho, este corresponsal probó la carne de perro en una de sus primeras visitas a Pyongyang, allá por 2007, y también en Chongqing, megalópolis al suroeste de China ribereña del Yangtsé.

Con estas nuevas normas, y tras el control de la epidemia, en Wuhan ya vuelve a funcionar su mayor «mercado húmedo»: Baishazhou. Con más de 3.600 puestos, en su gigantesco recinto se vende de todo para alimentar a esta ciudad de once millones de habitantes. Pero lo único que se encuentra vivo son los peces del Yangtsé y los populares cangrejos de río, que hacen las delicias de los locales. Entre el tránsito incesante de camiones, furgonetas y carretillas, sus vendedores se afanan en colocar la mercancía en cajas de corcho llenas de hielo mientras por los altavoces se repiten los mensajes recordando el uso obligatorio de mascarillas. «Antes sí había, pero ya no se venden ni gallinas vivas», nos cuenta una vendedora en un tenderete de verdura que, tras levantarse el confinamiento, ha vuelto al mercado.

Espantando moscas

Para controlar la seguridad, solo se utiliza una de sus puertas, donde los vigilantes toman la temperatura de todo el que entra y anotan la matrícula de los vehículos. Pero, como ocurre en los países en vías de desarrollo, las condiciones higiénicas no son como las que imperan en naciones más avanzadas y no faltan los comerciantes fumando sobre el género o espantando las moscas sobre los trozos de carne expuestos al aire libre.

Además, la creciente desconfianza hacia los extranjeros en China hace que, en cuanto tomamos varias fotos con el móvil de los peces y cangrejos vivos, aparezcan unos empleados del mercado para ordenarnos que las borremos. Nos explican que hay que pedir permiso a la dirección del mercado y respondemos que solo queremos comprar un kilo de cangrejos de río porque nos han dicho que están muy ricos. Por 56 yuanes (7 euros), así lo hacemos para evitar problemas y marcharnos de allí, pero los acabamos liberando en el Yangtsé. ¡Espero que no causen otra plaga!

Notiespartano/ABC

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