Vamos con Dios, por Manuel Avila

La gente no se percata que los tiempos cambian, que la vida permea entre ser y no ser y que el viento sopla en dirección contraria a los sueños que has planificado en la vida. Por eso la gente se queda pequeña aferrada a ideas obtusas de preservar el poder y de congraciarse con los dueños del poder para garantizar la permanencia en el cargo. Me dio tristeza de solo ver al tipo lanzando vivas contra la vida, insultando a los que defienden al ser humano y la preservación de la especie. Irse de cabezas contra el trabajo que se centra en la salvación del hombre luce descuadrado en estos momentos de pandemia y crisis social, pues es evidente que a nadie le luce el traje de político cuando las campanas del juicio final doblan por toda la humanidad.

El tablero político quedó guardado en el baúl por un tiempo hasta que el hombre y su vida no solo queden guindados en la poesía de una estrella. No es posible fallar cuando la idea central del asunto es como derrotamos el Covid-19. No es el momento de buscar culpables, sino de unir voluntades para salvaguardar al ser humano. Es por eso que la oración se apoderó del mundo como un impulso vital para acercarnos a Dios en busca de la salvación de la humanidad. Esa no parece ser la idea para muchos aventureros de la política que usan el verbo descarnado para insultar en tiempos cuando no cabe un solo verbo para gritar sandeces a los ciudadanos.Y es que no es el momento de preocuparse de cómo obtendrás las mayores riquezas, la mayor fama y los mayores honores, es la hora de preocuparse por la inteligencia, la verdad y cómo tu alma puede llegara ser cada día mejor.

Llegó la hora del ciudadano comprometido con la grandeza de su patria, con la salvación de una humanidad que ha quedado petrificada por el aliento de Medusa para dejar hipnotizados a los protagonistas de la vida. Por eso las calles se empezaron a quedar solas, los autos se detuvieron, los relojes de las mejores marcas se congelaron en las vidrieras de las grandes tiendas del planeta. Solo las campanas empezaron a sonar como locas en los campanarios de los pueblos anunciando la mortandad de almas inocentes que perdieron el rumbo en medio de la pandemia y saltaron al ruedo a enfrentarse con un enemigo invisible que no sabían por donde los iba a atacar.

Vi las criaturas acorraladas por el miedo que sembró la pandemia en todas partes del planeta, vi los riesgos de los que menos tienen que colgados en los tubos de los autobuses rojos llevaban dibujada la muerte en sus rostros de ovejas enternecidas por los vientos ciclónicos de la peste. Me detuve un rato en el carro a ver pasar por las calles a criaturas sin alma con la ignorancia colgada sobre sus espaldas como si llevaran un mono imaginario gritándole al oído que no le hicieran caso a la verdad del monstruo invisible que suelta su virus de boca en boca. Vi los hombres y mujeres con cara de ángeles y demonios marchando en busca de la comida diaria. A nadie le dio tiempo de advertir a una academia de beisbol en Margarita que no podían estar juntos porque se podían morir todos de un solo golpe. Pero en ese grupo no había un solo ser pensante que se alejara de los intereses crematísticos de los equipos de grandes ligas para salvar vidas. Ni siquiera los sabios que cada día transitaban por el Cerro La Cruz voltearon la mirada a la academia de la torpeza.

Otro tiempo de buscar las bocanadas de aire que Dios nos regala cada día y que fueron secuestradas por monjes de laboratorio para confiscar un oxígeno que no es patrimonio de esos locos de las pipetas. Pusieron al mundo contra las cuerdas solo por el poder, sin importarle que la humanidad quebrara su espalda para quedar parapléjica para toda la vida. A lo mejor de la noche a la mañana aparece un mago del mundo con la cura esta peste milenaria que ya ha sumado miles de muertes en los hospitales y calles del planeta.

La reflexión no es solo un ejercicio de poner sobre una mesa de oficina ocho verbos, 10 sustantivos y 15 adjetivos para construir las oraciones de un informe donde se juzga al planeta entero por un virus que todos sabemos fue creado para acabar con la humanidad. Ese acto de sadismo enfermizo queda para la investigación porque no puede esquivar su responsabilidad en esta mortandad cualquier potencia a la que se le ocurrió la idea de paralizar los relojes del mundo por muchos meses y años.

Todavía hay gente cargada de elementos ideológicos para defender una u otra opción política y lo que es peor escuchar a gritones sin alma pidiendo compasión por los seres a quienes ni siquiera le importa que se preocupen por ellos. Estamos atrapados como conejillos de indias en jaulas separadas por mares y montañas, pero estamos en todos los espacios del planeta encerrados en una pecera como animales expuestos a la muerte lenta. Por eso la gente se encerró, no porque lo haya repetido la televisión, sino porque nadie se quiere morir boqueando por falta de oxígeno. Llegó el momento de repensar la vida con otras visiones que incluyan la espiritualidad y la oración como elementos claves para sembrar conciencia en quienes solo aferrados a lo material han puesto su granito de arena para la destrucción de la humanidad.

Ya los megáfonos pasaron de moda y es un instrumento de combate sindical que ya es parte del pasado que solo sirve en estos tiempos para arrear ganado y para vender sardinas por las calles de los pueblos.  Y si acaso para llamar a los pacientes en los hospitales militarizados o en las colas de las bombonas o la gasolina. Esa tesis de jugar a la locura es parte de las asesorías comprometidas de locos de la nada que solo usan la irracionalidad para ir contra los cercos epidemiológicos que impidan el avance del virus. Esa es la única respuesta que tenemos contra el Covid-19 en un estado donde ni curitas hay en los hospitales y centros de salud.

Estamos en otros tiempos y quien grite más duro no es el ganador de las peleas cuando lo que se necesita es alejarnos de los conflictos y luchas políticas sin sentido. Por eso los gritos hay que dejarlos para otros momentos de menor valía social y enfocarnos en la salvación de la humanidad como la única ruta espiritual para congraciarnos con los reclamos del mismo planeta. Y es que aunque no estemos en esa onda hay un reclamo al ser humano, hay un frenazo para la locura del hombre y un proceso de reflexión que conduzca al ser humano por los caminos de la sabiduría.

No hay otra forma de ver el mundo que no sea a través de la palabra de Dios y el primer paso para avanzar en el crecimiento personal no son esos títulos malformados adquiridos en universidades piratas, sino por el contrario es identificar lo que no conocemos, los errores y los vacíos de información de los que somos víctimas. Es un proceso de calibración mental que se logra si somos realistas con nosotros mismos y no llegamos a pensar que con un majunche megáfono podemos convertirnos en los dioses de la palabra. Por eso es necesario evacuar toda la información errónea que tenemos de nuestro sistema sicológico y que hemos acumulado por años de manera equivocada. Hay que aprender a descubrir el valor de nuestra propia ignorancia porque saben que es difícil reconocer la propia ignorancia y lo liberador que resulta hacerlo. Y es que hay gente que no sabe disimular su propia ignorancia y así seguirán dando tumbos por la vida hasta crear un manantial alejado de la verdad de su propio ser.

Por eso es que el uso excesivo de las máscaras hacen que se peguen como chiclets a nuestros rostros para perdernos definitivamente en esas apariencias que hacen a los hombres del mundo mentirle a la humanidad. Por eso hay que comenzar a ser ignorantes de nuestra propia igniorancia para que los demás vean en nuestro ejemplo una muestra de la sabiduría de los mortales. Lo cierto es que las personas que disfrazan su ignorancia son potencialmente más peligrosas para su propia sociedad porque intentan dar saltos olímpicos para los cuales no estaban preparados. No tenían las armas para lanzarse al vacío y lo hacen a cuenta y riesgo sin entender que hasta los niños son capaces de decir no sé.

En medio de esta pandemia no hay una cosa más exquisita que sentarnos a ver el universo con sus constelaciones, con sus estrellas, su luna amarilla de caramelo, su sol radiante y sus poemas colgados de los rayos del sol. Es necesario que algún día intentemos contar las gotas de la lluvia y calibrar sus dimensiones incluyendo todo su misterio que implica tamaño, color, velocidad, fuerza y hasta sus signos de divinidad. Esa es la vida y es importante que aterricemos en la tierra con la mirada en lo cósmico hasta llegar a tocar el arco iris con la manos para determinar la magia de la vida. De eso se trata de jugar a lo mágico soltando palabras para que la ignorancia se quede atascada entre el fanatismo y la locura por el poder.

Es necesario salir de la escasa valoración a nuestra existencia y elevarnos con la imaginación hasta sentarnos a ver el mundo desde arriba y si es posible conversar con el leñador que veíamos cuando niños cortando palos en tierra lunar. En ese momento nos daremos cuenta que muchas de las cosas que tanto apreciamos y valoramos no tienen ningún peso y solo son simples hojas secas que se caen de nuestras vidas para servir de abono a la tierra. Hay que aprender a valorar la vida desde las perspectivas cósmicas y cuando eso ocurra en las escuelas que enseñemos a los estudiantes que lo material no vale nada, en ese momento estaremos dando el gran salto para desintoxicar al hombre de tanta basura que forma parte de su existencia, pues como dijo Séneca «Sabré que todo es pequeño  cuando haya tomado la medida de Dios».

A partir de ese momento cuando estemos en otra perspectiva cósmica podré comparar cuánto vale mi reloj de marca, mi carro de lujo, mi cel sofisticado o mi mansión y terminaré quedándome con el arte de la contemplación y con la idea de buscar la escalera para ascender al cielo con mis palabras como muletas para unirme a Dios desde la metáfora de la existencia.

Encíclica/ManuelAvila

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