Silencio en Porlamar, por Manuel Avila

Jamás se había sentido tanto silencio en Porlamar. Los alcatraces de la bahía más nunca lanzaron un graznido al aire. Las angoletas de la Plaza Bolívar a las que le cantó Perucho Aguirre más nunca lanzaron sus canciones funerales frente a la Iglesia «San Nicolás de Barí», ni la carreta del viejo carro de Juancho Colorado que la usaba para llamar a Ylba o a Inés Belén frente al Comedor Popular se oyó más nunca, ni el grito de Teresa «La Guarapera» que decía «No es porque lo haga Yo, sino porque está bien sabroso», ni los gritos de los caleteros y pescadores en el Bar de Tarrayao», ni las protestas de Juanita «La Tumba Gobiernos», ni las lenguaradas de Melania, ni los discursos encendido de Pin imitando al Maestro Villalba, ni la voz de Simón Milano pregonando sus exquisitos helados » Llegó Simón, Rico Rico. Los llevo de mantecado y tamatama».Ese silencio sepulcral que dibujaba a la Porlamar de otros tiempos también desapareció de Porlamar.

Ese silencio enfermizo de los tiempos de la paz porlamarense que pintó con palabras el amigo periodista «Víctor Aguilera González en su crónica «Simón Rico Rico»: «Por sus calles silenciosas, con su silencio apenas perturbado por los bocinazos de los carros que pasaban de tiempo en tiempo, un hombre regordete, con el pelo casi cortado al rapé, calzando unas criollas alpargatas y vistiendo ropa de caqui, caminaba empujando una carreta de madera, pintada de verde y amarillo». Más nunca se escucharon las rancheras que salían del Bar de María Hueco y del Bar «La Maricutana».Ni los gritos de los pescadores del Morro y Bella Vista con sus voces canturronas para dar gracias a Dios por las caladas de sardinas, carites, sierras o jurel. Se hizo silencio en el Mercado Viejo donde el paso presuroso de los caleteros, de los vendedores de conservas que venían de los pueblos sanjuaneros a ofrecer sus manjares a los porlamarenses.

Los gritos de Juan Salazar «Juan Chichero»pregonando su sabrosa chicha por las calles de Porlamar entre las Calles Mariño y Zamora donde estuvo instalada la agencia «Avensa». La voz de Chamaquito ofreciendo su yanquizado «snow ball» del popular raspado. Todo eso se acabó en la Porlamar de los Amores porque nada queda en una Ciudad maltratada por las escasas políticas de sus alcaldes y lo que es peor por sus concejales que jamás trabajaron para la conservación del Patrimonio Histórico y Cultural de la Ciudad Marinera.

 Lo triste del caso es que sus asesores eran reconocidos historiadores y cronistas que nunca le pegaron un grito al oído para que voltearan la mirada a la preservación de los costumbres de una Ciudad de Porlamar, donde convergieron por años las costumbres más bellas de La Margarita. Es que ese espacio del comercio insular se convertía cada día en el encuentro de todos esos personajes de la cultura popular margariteña y donde el que no era de Porlamar se sentía como en su casa.

No era pura coincidencia que en Porlamar se encontrarán en sus calles personajes populares como Ramón Piñerúa «Pin», Juanita González de Betancourt, Melania, Felipe El Enano, Maritza, Simón Milano, María García de Bravo, Vita, Juan Chichero, Jorge Guilarte, Clemente Bravo, Manacagua, Bartola, César León Pérez, Eustolia, María León, El Morocho Suniaga, Zoila «La Cotúa», Fora, El  Capitán Pérez, Cucho y El Ñeco, Canuta, La Cañaña, Castica, Puyalo, Yonofuí y tantos personajes que compartían el silencio y el bullicio de la Ciudad Marinera. Esos personajes y muchos más le dieron vida a la Porlamaridad por años hasta que llegó la Zona Franca y el Puerto Libre por el año 1974 con su cargamento de telas, marcas y zapatos de todas la nacionalidades, bebidas de todos los colores y sabores. Nos pusieron ese manjar ante los ojos para que nos embrutecieramos. De todas partes llegaban seres sin alma a realizar negocios de todo tipo. Y los margariteños caímos en las redes de la picardía criolla para olvidarnos de nuestras costumbres y tradiciones que por momentos convirtió a Margarita en tierra de la bonanza con grandes centros comerciales, espacios gastronómicos y sitios de la lujuria y el placer.

De la noche a la mañana todo se llenó de luces y lo que comenzó con pocos negocios de repente se vio invadido de fablistanes, maromeros y todo tipo de gitanos que llegaron por aire, mar y tierra ondeando las banderas del desarrollo. Perdieron los insulares su identidad en medio de tanto trapo colgado de las calles de Porlamar. La gente no podía pasar por los boulevares porque necesitaba un garabato para quitarse de encima las pañoletas, paños y prendas íntimas que ofrecían a precios de baratija a los compradores de la época. Ahí fue donde empezó a cocinarse el negocio de las compañías de maletín que le permitía a una sola persona tener hasta 100 negocios amparados por malandrines que desde el nivel central trabajaban bajo las sombras para sacarle los dólares preferenciales al Gobierno Nacional. Bajo las cortinas del Puerto Libre muchos se enriquecieron en conchupancia con el Gobierno Nacional. Esos son los mismos que todavía siguen luchando por ver regresar el Puerto Libre a la Isla de Margarita para entrar de nuevo en la rebatiña que tanto comerciantes como gobierneros disfrutaron por muchos años.

Mientras tanto los intelectuales de la Porlamaridad jamás lanzaron un verbo para espantar los mosquitos de la bahía, ni para salvar el Puerto Libre y menos para evitar que el Puerto de La Mar se conviertiera en ese adefsio llamado Universidad Bolivariana que se cobijó bajo la sombra de unas instalaciones donde el Gobierno Nacional no puso ni un bloque, pero que aprovechó los negociados de los bancos para quedarse con todas las infraestructuras de la región.

Solo recuerdo a Folco Riccio dando la pelea solo contra el mundo porque todos guardaron sus municiones y los mismos que ayer recibieron los dólares preferenciales, los mismos que estaban en el negocio del Puerto de La Mar se fueron calladitos por la acera hasta quedar con la lengua disecada entre colmillos y molares. Se les secó la lengua y el cerebro sufrió una especie de parálisis que muchos llegaron a confundir con la peste del olvido. Por supuesto ese silencio irradiado por la toma de decisiones del Gobierno Revolucionario que puso su tinglado en el Puerto de La Mar para que pescadores, comerciantes, sociedad margariteña, alcaldes, concejales y hasta los intelectualoides de la Ciudad Marinera participaran en aquellos convites de parlanchines que entraron en el circo rojo para dar la estocada mortal al Puerto Libre y al Puerto de La Mar.

No recuerdo palabras, programas de radio, conversatorios, asambleas populares, crónicas, artículos de opinión, editoriales y menos manifestaciones para reclamar el cierre de las instalaciones que representaban el desarrollo porlamarense. Ese silencio pasmoso se apoderó de La Porlamar de los Amores para siempre. Nadie dijo ni pio y sorprende cómo los insulares hicieron magia para que hasta las angoletas y los alcatraces hicieran mutis para siempre.

Desde la Cámara Municipal de Mariño nunca se escuchó el eco, ni el rebuzno de algún personaje de la política. Estaban predestinados a dar la pelea por el desarrollo de la Ciudad Marinera y nunca nadie dijo nada. Pareciera que algún acto mágico solo dejó a los políticos habladores de paja loca gritando consignas en la Plaza Bolívar de Porlamar en cada aniversario de esta ciudad que se fue muriendo de a poquito ante los ojos de los porlamarenses- Solo la voz de Tito durmiendo bajo los bancos de la Plaza Bolívar lanzaba sus lenguaradas para imitar a los grandes locutores comerciales de Venezuela y de vez en cuando palabrotas para regañar a su perro Capitán cuando se ponía impertinente ante el paso de algún arriero del camino.

Quedarse en silencio por tanto tiempo ante ese desastre que convirtió a Porlamar en nada, no tiene perdón de Dios porque esos alcaldes y concejales electos por el voto popular tuvieron la oportunidad de dar la pelea, de abrir el debate y todavía los porlamarenses esperan con ansiedad el despertar de sus líderes. No pudo ningún edil porlamarense levantar su voz para reclamar los derechos de los porlamarensesy así entrarán a la historia como muñecos disecados del Museo de la Mar. A ellos solo les interesó la migaja del momento y nada más, razón por la cual dijo algún atrevido crítico «Esos son los ediles que Porlamar se merece».

De esa forma los revolucionarios con sus franelas rojas salieron una mañana en marcha marcial cantando canciones de Alí Primera para celebrar el entierro del futuro de Porlamar. Dieron muerte a la Porlamaridad al dejar a la Ciudad solo con negocios cerrados, con santamarías bajas y con el tufo a quiebra que condenó a Porlamar a una especie de ciuadad fantasma, donde solo en los recuerdos se escuhan los cantos de las guárales del silencio municipal. Una mañana cualquiera saleiron los comunistas con los equipos de oficina, con las computadoras y con puertas y ventanas en sus hombros. Esas manadas de ovejas rojas hcían cumplir el decreto de la destrucción de la Porlamar de Los Amores llevándose todo al infierno de sus miserias humanas.

Solo el silencio reinó en la Ciudad Marinera y apenas se escuchaba a lo lejos la guitarra de Antonio Rojas ensayando con su nieto canciones margariteñas y más atrás la voz de Inés Rojas con Nora Cardona su comadre como compañera pidiendo con voces de artistas de lujo el regreso de la bonanza de los sueños insulares. Y es que ese golpe mortal al corazón de la Porlamaridad apenas se siente en los saltos de las iguanas que pegan brincos entre las ramas de los árboles de la Plaza Bolívar y unas cuatro angoletas que todavía sueltan pitazos de tisteza en la Ciudad adormecida.

Los comerciantes cabezas calientes que los hay guardaron sus megáfonos con los cuales le reclamaban a los gobiernos de la IVRepública y más nunca lanzaron ni un silbido para reclamar los derechos de los dueños de tiendas.Y aún cuando ha pasado el tiempo solo se envalentonan para reclamar a los mandatarios de la democracia, pues en estos días leía un comunicado donde le reclamaban al burgomaestre de Maneiro los cobros de la tarifas de Fospuca. Solo me detuve a pensar sobre las incongruencias de los mudos que no habían artoculado palabra alguna después que mataron el Puerto Libre y que ahora solo se atreven a gritar para volver a sus andadas solo contra los que traen progreso a Nueva Esparta. Esas son las vainas de la historia que no comparto y que me hacen seguir ladrando ante la idiotez de quienes enmantillados en leyendas mitológicas del pasado, todavía insisten en perseguir los sueños de grandeza escondidos detrás de los parabanes de la mentira, pues como dijo Jesús Manuel Subero «La inteligencia margariteña tiene que reberlarse y denunciar, pero tiene que hacer más. tiene que hacer mucho más, estremecer a este pueblo y enrumbarlo hacia un destino digno y verdadero, bien distinto del que hoy se vislumbra».

Encíclica/ManuelAvila

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