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¿Qué nos sucedió?, por Morel Rodríguez Ávila

Que sencillamente todos, tirios y troyanos, la mandamos muy largo, unos con intención, otros por descuido, los más por desidia, por ese no me importa lo que pase si a mí para nada me afecta. La dirigencia que tenía a su cargo la jefatura de las organizaciones integrantes de la sociedad civil, principalmente las estrictamente políticas, abusaron de la democracia que por entonces reinaba brindando, hay que reconocerlo, muchos beneficios en todos los niveles.

Una democracia que la fue debilitando tanta acción innecesaria, tanto abuso descabellado y violatorio de normas, reglamentos, leyes y de la propia carta magna. En fin, todos fuimos culpables de lo ocurrido. Es decir, dejamos el camino abierto y mesa servida a quienes, desde la penumbra, animados por el reconcomio, lo personal, el deseo de grandeza, ávidos de cualquier  clase de poder, y por la vía de la asonada, asaltaron la democracia y, sí, porque fue verdad, la hirieron de muerte.

También podemos indicar que el pueblo esta vez se equivocó, de plano, porque creyó en un caudillo que, disfrazado de mesías, le garantizó villas y castillos, incluso crear, como si fuese un dios, y así llegaron a mirarlo algunas y algunos, un hombre nuevo, fabricado con arcilla roja, para que fuese comunista; prometió revolucionar todo para sobre las ruinas de lo establecido fundar una sociedad en donde la felicidad sería joya preciada y el cielo límite.

Pero no sucedió así. La revolución involucionó, destruyó lo que la democracia había creado y funcionaba; del hombre nuevo sólo hay, patético y cierto, aquellos funcionarios que ayer, viviendo en la modestia, con apenas su quince y último, aunque les alcanzaba para el mercadito y pagar los servicios, de la noche a la mañana se convirtieron en ricos y poderosos, todos porque estaban en la parada cuando pasó el autobús de la revolución y se montaron, declarándose de pronto comunistas sin saber quién fue Lenin y a estas alturas tampoco han leído las primeras diez páginas de El Capital.

Venezuela, un país de verdad rico, dotado de manera muy magnánima por el todopoderoso con inmensas potencialidades, destacando el petróleo; que podía vencer las dificultades y a pulso, porque sus gobernantes se interesaban en el país y su gente, descolló entre los más desarrollados del llamado tercer mundo, frenó de golpe en 1998. Desde entonces a la fecha, la historia de lo que al país le ocurrió es conocida y los culpables de la tragedia que desde entonces viven los venezolanos tienen nombre y apellido..

Lo que ahora interesa es tratar de buscar, cuanto antes- la solución definitiva, para detener la marcha del país hacia el abismo. La justicia se encargará de investigar y condenar a los que protagonizaron cada uno de los muchos capítulos de esa tragedia, y la historia los condenará al degredo.

Lo que importa es salir del atolladero por la vía de la legalidad que quiere decir mediante el voto, en paz.

@MorelRodríguezA

 

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