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Los refugios del páramo luchan contra la xenofobia y la falta de recursos

La señora Martha está sentada en la cama de un cuarto pequeño que se ha convertido en un techo para al menos 70 personas. Tres camas dobles están acomodadas alineadas junto a una cuna.  Allí niñas, niños y sus madres pueden dormir por primera vez en días, con algo de comodidad.

En el borde de la cama de hierro hay pegado un sticker de Oxfam, la organización británica de caridad. Las colchonetas también lo tienen. Esta casa se convirtió en albergue y ya no parece una casa normal.

“Acá tratamos de cubrir todas las necesidades de las personas que llegan. Incluso hemos salvado vidas”, dijo Martha Duque. En enero de 2018 ella empezó a recibir migrantes venezolanos que caminan por las calles de Pamplona, Norte de Santander, hacia Bucaramanga o Bogotá.

“Al ver que muchas personas pasaban por el frente de mi casa con poco abrigo, algunos sin zapatos incluso, con hambre, sed, se me ocurrió recibirlos donde guardaba mi carro, que es un sitio con techo y paredes, para que pasaran la noche”. Martha empezó a atender a esos primeros caminantes, brindándoles comida y abrigo.

La casa está en toda la entrada de Pamplona, justo después de una curva. Al frente queda el cubículo donde se resguardaron esas primeras personas, en su mayoría mujeres y niños“Mi casa fue la primera, al menos en Pamplona, en recibir a las personas venezolanas que llegaban caminando. Luego otros sitios abrieron al ver que el problema se acentuó”, agregó Martha.

A finales de 2017, miles de personas llegaron a las fronteras colombianas, en especial al paso de Cúcuta o “La parada”, del municipio Villa del Rosario. En ese momento las autoridades colombianas solicitaban la cédula, el pasaporte o la Tarjeta de Movilidad Fronteriza (TMF) a la entrada. Por esto, muchos decidieron seguir a pie. Los medios empezaron a llamarlos “los caminantes”.

Para enero de 2018, el número de migrantes aumentó. Según cifras de Migración Colombia en 2017 al menos 796.234 venezolanos ingresaron al país. En 2018 la cifra aumentó a 1, 3 millones. Por ese motivo, las calles de Cúcuta y Pamplona se vieron abarrotadas de venezolanos.

La persecución 

Martha recibió al menos 30 personas diarias en esos primeros meses. “Algunos dormían afuera porque no cabían y los esposos de esas madres, los hombres en general, tenían que buscar otro sitio para dormir. Muchos se quedaban en parques”, señaló Martha.

Luego de tres meses, Martha empezó a recibir quejas de vecinos por insalubridad y ruido. “Mis vecinos dijeron que les molestaba el ruido, que dejaban eso sucio, con basura regada, que orinaban allí en la calle. Entonces pasé a los migrantes para mi casa”.

Martha movió muebles, quitó sillas, puso alfombras para acomodar el inmueble y recibir mujeres y niños. Habilitó la sala, la cocina, los pasillos y dos habitaciones para albergar al menos a 60 personas por día.

Los hombres debían dormir afuera, algunos en plena orilla, por donde pasan camiones y buses a cada rato. El señor Douglas González fue uno de los pocos vecinos que no se quejó y también acogió a migrantes. “Me condolí al ver a esas personas pasando frío. Les hice un espacio en mi terreno y habilité un antiguo depósito de chatarra que tenía para que pudieran descansar”, dijo González, zapatero de oficio.

Con estos dos refugios improvisados los caminantes empezaron a tener comida y abrigo antes de seguir su camino. Pero los vecinos siguieron con las quejas. “Un día formalmente pusieron la denuncia ante las autoridades, y trabajadores de la alcaldía de Pamplona y policías amenazaron con cerrar mi casa”.

En año y medio, Martha ha recibido tres veces la visita de las autoridades. Incluso una campaña por redes sociales invitaba a los vecinos a reclamar y exigir a la alcaldía que cerraran el hogar de paso. “Pero así como muchos de mis vecinos reclamaban, conté con el respaldo de muchos, incluso fuera de Pamplona”.

La red

La carretera Nacional es la vía principal que conecta a Cúcuta, departamento de Norte de Santander, con Bucaramanga, capital de Santander. La vía se extiende por 200 kilómetros. “Es quizá la carretera que tiene más vigilancia de todo el país”, dijo Juana Rico, funcionaria de Oxfam, quien trabaja directamente con ayuda humanitaria para los albergues.Desde Pamplonita, un pequeño pueblo a una hora de Cúcuta, empiezan las subidas.

En la salida de Pamplona comienza el páramo de Santurbán, uno de los macizos montañosos más hermosos y ricos en recursos hídricos en Colombia. En su punto más alto, el pico el Picacho registra una altura de 4.600 metros.

Por ser el principal paso desde Cúcuta hacia las grandes ciudades del país, el páramo es un paso obligado para los caminantes que emprenden la aventura. Por eso, a lo largo del camino existen 13 albergues desde la salida de la capital de Norte de Santander, pasando por Pamplona, La Laguna, Berlín y Tunja, en el departamento de Boyacá.

Juana Rico, de Oxfam, trabaja en el páramo desde junio del 2018, cuando el número de caminantes empezó a alarmar a las autoridades. “Nosotros brindamos apoyo a quienes han abierto su casa para hacerle frente a esta crisis. La caridad los mueve y nosotros acá servimos de soporte”, explicó Juana.

En la zona también existen organizaciones nacionales e internacionales que atienden la situación como Hope for Venezuelan Refugees, Consejo Noruego, Rise against the hunger, Cruz Roja, entre otras.

No son refugios

Leonor Peña llegó de Venezuela y vive desde hace dos años en Pamplona, donde ayuda a otros compatriotas. Para ella, los albergues no son refugios, sino casas de atención, pues “no reúnen las condiciones establecidas por Acnur: les hacen falta las comodidades y los recursos suficientes para atender a tantas personas”, indicó.

El estatuto sobre los refugiados de la Organización de las Naciones Unidas establece que un refugiado es una persona que salió de su país huyendo por situaciones políticas, persecusión o por temor. Hasta ahora la ONU no ha establecido ese estatus en el éxodo venezolano, pues parte de la migración ocurre por la escasez económica.

Por eso, estos lugares se reconocen como albergues y no tienen el mismo apoyo económico e institucional que los refugios. Algunos funcionan en casas alquiladas que adaptaron los espacios y ya se quedan cortos. “Nosotros tenemos en alquiler este sitio y recibimos ayuda de la Cruz Roja y de algunos empresarios, de resto nosotros costeamos todo, incluso los servicios”, dijo Anny Uribe, quien dirige el refugio Espíritu Santo, en la ciudad de Tunja (Boyacá).

En el mes de abril el presidente Iván Duque anunció que invertirán más de 700.000 millones de pesos para la atención de la crisis migratoria. Sin embargo, los encargados de los albergues dicen que tienen que luchar por los recursos. “Nosotros acá vendemos ropa usada a mil pesos y con eso costeamos los gastos de este local, que es arrendado”, comentó Amanda Franco, administradora de la Fundación Entre Dos Tierras, en Bucaramanga. “Nos preguntamos realmente dónde puede estar el dinero manejado. Sabemos que los gobiernos actúan a través de las organizaciones humanitarias, pero igualmente hace falta mucha inversión y atención del estado para poder sobrellevar la crisis”, agregó Leonor.

El gobierno de los Estados Unidos también ha donado millones de dólares desde finales de 2017 para atender la crisis, pero aún no es suficiente. “Un gran porcentaje se va en comida. La World Central Kitchen es una de las más activas, al igual que Usaid, sin embargo los encargados del trabajo acá demandamos mucha más ayuda”, explicó de vuelta Juana Rico.

A pesar de las necesidades económicas, las encargadas continúan abriendo las puertas de los albergues. “Acá los recibo, trabajando con las uñas, viviendo de la caridad y de lo que podemos ofrecer -aseguró Martha-. Cuando esto se acabe me sentaré allí en mi casa, mirando por la ventana con mucha nostalgia y los veré regresar a su país, como lo sueñan todos los venezolanos”.

Notiespartano/Semana/©Rafael Sulbarán

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