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Guaidó, Maduro, la crisis y el país, por Morel Rodríguez Ávila

Mientras Maduro, calificado de “írrito” por una respetable mayoría de analistas, especialistas en materia electoral y constitucionalistas, insiste en señalar que no le tiene miedo a una derrota, pero sí llama en exclusiva a elecciones parlamentarias y no generales, Guaidó, el interino, recorre el país afirmando que será solo por la vía de las presidenciales, pacíficas y libres, que los venezolanos resolveremos la desesperante crisis política, social y económica generada por una revolución que no construyó nada, pero sí destruyó todo.

El que está en Miraflores, a cada rato, usando y abusando de las cadenas que, en su caso, si lo son, somete la ciudadanía a escucharle, con su actitud tozuda y su voz de guapetón, que la derecha no lo derrotará, no lo sacará de donde está y jura, hasta por el diablo, que está más fuerte que nunca y que su gobierno es el mejor de la Tierra.

Olvida que una cada vez creciente mayoría dejó de creer en Chávez, a quien casi llegó a adorarle como a un dios; y que en su caso esa misma aplastante mayoría sobrepasa el 87 %, que pronto sobrepasará el 90 %, constituyéndose en el rechazo más formidable, por lo gigantesco, duro y significativo, que ningún líder político, presidente o no, haya registrado en la historia política latinoamericana.

Tampoco puede Maduro sostener que el suyo ha sido un gobierno que se haya preocupado por el bienestar nacional. La gran verdad es que en su gestión el pueblo perdió la mayoría de derechos y a cambio se le acrecentaron los deberes. La nación, destrozada como está, marchando a la deriva, padece ya no las siete plagas bíblicas, sino en la práctica un verdadero viacrucis. Estamos al borde del abismo. Nadie puede negarlo.

Siendo así, Juan Guaidó, recorriendo la geografía venezolana pueblo por pueblo, va diciendo muchas verdades. Resalta en su lenguaje, nada grosero ni denigrante, voz pausada, que la situación-país aparte de tener perfectamente delineado quiénes son los responsables, insiste en que mientras no cese la usurpación de Maduro en el poder, y su dictadura prosiga infringiendo inmenso daño a los venezolanos, sin distingo alguno, las calles serán el mejor escenario para que el pueblo continúe gritándole a Maduro que se vaya y nos deje en paz.

El joven dirigente de la democracia opositora ha señalado que el diálogo es necesario siempre y cuando quienes lo protagonicen tengan claridad suficiente para entender que no es lo que el Gobierno quiere lo que se debe discutir, analizar, negociar y decidir. Es lo que la gente toda ha manifestado con absoluta claridad, determinación y firmeza. El “Maduro vete ya”, más que consigna es grito que retumba en cualquier aldea, pueblo o ciudad de una Venezuela adolorida, conmocionada, en donde se palpa, además de la angustia y la incertidumbre, la desesperación.

Hay amenaza de hambruna, Maduro no puede negarla. El país está paralizado, es cierto. La producción nacional igual. En los páramos andinos se están perdiendo las cosechas porque no hay gasolina para transportarla a los centros de mercadeo. No hay gas, no hay luz, no hay agua potable, lo repetimos hasta el cansancio porque es una verdad que duele y humilla; que genera rabia e impotencia.

El contraste entre el mensaje de Guaidó y el de Maduro es muy decidor. Apunta a fomentar la esperanza, a endurecer la unidad, dice verdades, busca soluciones y su interlocutor, el pueblo, lo está escuchando con mucha atención.

Eso es bueno para la reflexión nacional. El de Maduro, a cambio, es un mensaje ya no creíble, cargado de demagogia, también pleno de populismo y, por supuesto, de mentiras.

Un análisis, por más somero que sea, deja al descubierto que a Maduro, ya ni su entorno le cree, así de sencillo, y que a Guaidó le está creyendo todo el mundo.

@MorelRodríguezA

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