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El desaliento es irresponsable

Dejé Venezuela en 2013. Buscaba ponerme a salvo del socialismo del siglo XXI durante al menos seis meses cada año, moviéndome entre dos ciudades —Caracas y Bogotá— que me gustan y a las que creo que también les gusto. Apartarme semestralmente de la sinrazón, las vociferaciones, el hampa, la violencia, la claustrofobia y el miedo, creyendo que el vaivén podía ser solución.

En cuanto a la perspectiva política, en marzo de aquel año murió Hugo Chávez y aquello no podía ser sino una buena noticia: su muerte traería consecuencias impredecibles hasta para los mismos chavistas. Como todo el mundo, yo también pensaba que Maduro era un pasmarote que no podría mantenerse demasiado tiempo en el poder. En fin: nada tiene más futuro que un futuro incierto.

Proyectaba un libro de “no ficción” sobre Venezuela, se me ofreció trabajo como guionista de televisión, pronto comencé a escribir una columna y a frecuentar la redacción de la revista El Malpensante. Lo mejor del plan era que en Bogotá tenía amigos de toda la vida y los dos millones de títulos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Nada mal para empezar.

Solo que una noche me fui a la cama como expatriado voluntario y a la mañana siguiente, mediando la animosidad de un narcogeneral y los usos y costumbres de la justicia bolivariana, desperté exilado político, como tantos compatriotas mucho antes que yo.

En uno de sus ensayos, Joseph Brodsky observa que si la vida de un escritor en el exilio hubiera de adscribirse a un determinado género literario, este debería ser el de la tragicomedia. Como yo lo veo, la parte trágica, si bien en desiguales proporciones, nos arropa a todos los venezolanos.

La parte cómica estuvo en que, no bien amaneció la realidad del destierro indefinido, me convertí en un caso de bloqueo escritural, enigmática forma de embotamiento, esterilidad y parálisis imaginativa que hasta entonces había tenido por una superchería esnob.

El desmañado “plan de la obra” contemplaba poner en relación familias de temas que, aun siendo muy dispares entre sí, explicarían nuestra particular manera de joder un país. Sin embargo, juntarlas inteligiblemente me resultó sencillamente imposible. Al cabo de varias tentativas infructuosas, y sin lograr nunca sostener un ritmo de escritura, me venció el desánimo.

En octubre del año pasado, a sus 86 años, murió Teodoro Petkoff, prodigio de lucidez, denuedo y tenacidad, luego de años de prisión domiciliaria y de haber sido ignominiosamente declarado mente captus por la dictadura. Teodoro fue para mí el padre que no tuve y a quien no pude enterrar.

Una noche de aquel tiempo luctuoso en que me sentía especialmente abatido, recordé de pronto una máxima que años atrás escuché decir al historiador mexicano Enrique Krauze. No sé por qué la atribuyo a Heine: “Perder el ánimo es irresponsable y además es inútil”. La recordé y al instante experimenté un fuerte remezón.

Acometí entonces un libro que viene resultando muy distinto al que me había paralizado. Desde entonces he agregado cada día varios cientos de palabras a la vez.

No sé todavía adónde me llevará ni cuánto valga pero el recuerdo de Teodoro, muerto sin arriar sus banderas, me ha devuelto el paso sostenido, el único que cuadra a un escritor en el exilio.

Ibsen Martínez

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