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Juego perverso, por Morel Rodríguez Ávila

La crisis, que definitivamente nos tiene contra la pared e incluso quitándonos la iniciativa, aparte del inmenso daño que a la familia venezolana toda a diario ocasiona, va para largo.

Seguirá creciendo indetenible,  pues de parte del gobierno para frenarla, al día de hoy no ha habido solución viable alguna y, lamentable, lo que escuchamos en cualquier mensaje presidencial, encadenados por supuesto, no resulta precisamente favorable porque, es la verdad, con pañitos calientes no se cura lo que ya parecer ser metástasis.

La crisis, insistimos, cuyos orígenes tienen clarísimo nombre y apellidos: la revolución chavista, terminará consumiéndose un país que hasta 1999 fue inmensamente rico.

Crisis que ya le quebró el espinazo a su gente que era rebelde en otro tiempo; que se enfrentaba a quien le oprimía; que iba a la calle a discutir sin miedos; que en cualquier tribuna, académica, universitaria, social, comunal o simplemente en la plaza y en la esquina, dejaba muy definitoria su protesta, so pena del balazo artero, del perdigonazo vergonzante, del planazo que también humilla o la cárcel.

No es que se haya perdido fuerza y valentía, no. Sucede que el gobierno va ganando, y hay que admitirlo, el perverso juego al cual nos ha obligado, en donde es el dueño del estadio, de los uniformes, de la pelota, del bate, de los umpires, sin olvidar que también es el novio de la madrina.

Y en ese juego, además, el que se atreva a batear  tan siquiera un simple hit o a robarse una base, no sólo va preso sino que recibirá su buena dosis de vaya usted a saber qué se le tendrá reservado.

Así, de plano, el equipo rojo siempre resulta ganador porque, tal cual el popular refrán lo retrata: jefe es jefe manque tenga cochochos.

Es el juego aquél en donde la gente se ha visto obligada a olvidarse de la protesta para centrar su interés mayor en buscar el alimento y la medicina.

Esa decisión, hoy en día, es obligante asumirla, sin discusiones, y hasta resulta natural, también lógico, que el venezolano deba hacerlo ya, que si no come y menos  toma sus remedios,  si acaso obtiene lo uno y lo otro, pues lo elemental es que no resista y ceda al miedo, al chantaje, a la amenaza constante.

En los tiempos del “padrecito Stalin”, el gobierno comunista ruso obligaba a poblaciones enteras a trasladarse, de una provincia a otra, engañadas por el anuncio de que allí encontrarían trigo, granos, en fin sustento.

La intención, criminal en extremo, era dejar morir en el camino, en las nevadas estepas, a varios millones, reduciendo de este abismal modo la inmensa carga humana.

No los gaseaba como Hitler: los dejaba morir de hambre.  A otros, también millones, pero por asuntos políticos, simplemente los fusilaba.

Desde luego que Venezuela no es igual, en nada, a “la madrecita Rusia”, aunque Maduro se empeñe en pretender que así sea. Allá el comunismo, que se impuso a sangre y fuego, terminó derrocado, no porque a mandarriazos el pueblo derribó el muro, sino porque fracasó, porque implosionó, porque demostró que lo suyo no pasaba de utopía, que pregonaba progreso y producía retraso, que decía defender la libertad y ejercía la más cruenta de las dictaduras.

La diferencia estriba, y ojalá no nos equivoquemos, en que aquí la gente ha vivido en democracia, y en Rusia nunca.

A riesgo del apedreamiento por parte de algunos trogloditas, que en la oposición tenemos, igual que en el chavismo, digamos que si en algo nos pudiéramos parecer al pueblo ruso  es que el pueblo venezolano terminará, derribando muros y ganando el juego. Anótenlo.

@MorelRodríguezA

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