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Cuando mi amigo se fue, por Franck Armas

Cuando decidimos refugiarnos en Buenos Aires, tenía la esperanza de visitar a Alberto Cortez en su casa para que escuchara lo que a mi juicio es la mejor versión de su tema Distancia. Lamentablemente no pude entregarle la interpretación del margariteño Ibrahím Bracho, porque el camino hasta la puerta de su casa era muy largo, conducía hasta Madrid y de allí se fue hasta la capital de los inmortales.

Cortez no sabía que era mi amigo, a pesar de que la vez que lo tuve más cerca fue en un recital en el Teresa Carreño, junto a mi suegro Gustavo.

Sin embargo, presumo de su amistad, porque durante más de 10 años me acompañó con sus poemas en la FM de Isla Margarita, Super Stéreo, en mi espacio diario Cantares, la poesía hecha canción, junto a Facundo, Serrat y Sabina, entre otros cantautores.

Por eso ese abuso que permite la amistad, le molesto cuando hace las maletas para dejarnos el espacio vacío, la blanca angustia del pentagrama sin notas que no se puede llenar ni con acordes salpicados de humedad.

Allá la valentía de Cabral para recibir sin lágrimas la llegada de su amigo, ese poeta de negro atuendo que atiza los carbones a prueba de ríos.

Por fin, Cortez se consigue a si mismo, luego del extravío de la estrella que alumbraba el arrullo de una niño vencido por el sueño.

Cómo lamento no haberlo perseguido para compartir una rebelión envalentonada por los vapores de un vino mendocino con sus duendes mansos.

La cortesía del canto galopa rumbo al destino de las almas que tiritan porque a la vuelta nos invade el invierno porteño que ya sopla en las callecitas de un viejo tango.

Querido amigo te me vas y yo aquí en tu terreno baldío tratando de rebosar el tiempo con las piedras de una muda canción que no llena el hastío, ni alimenta las raíces de un roble que ha sucumbido.

Buen Viaje Amigo

 

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