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El centralismo, primer paso hacia el verdadero totalitarismo, por Morel Rodríguez A

No nos cansaremos, nunca, de repetir que sólo la descentralización podrá facilitarle a Venezuela adelantarse hacia el futuro. Seguir centralizando todo en manos del gobierno, es un recurso muy propio de los gobernantes totalitarios que, sin importarles el daño que puedan generarle al progreso de los pueblos con tan decimonona actitud, por lo demás atribularía, creen que en concentrar reside el alcanzar mayor poder. Y lamentablemente lo concretan pues, al ponerle un pesado grillete a la urgente y necesaria modernización de la administración pública, resulta inmenso el perjuicio que al país le ocasionan. Lo cual no les importa, sí que su ideología se acreciente, se imponga y, por la vía del centralismo pernicioso, ese poder que atesoran a la postre puede terminar en un gobierno verdaderamente anti democrático, es decir frontal mente totalitario.

El centralismo siempre ha resultado una decisión equivocada, especialmente después que los pueblos han alcanzado la conciencia suficiente para saberse capaces, porque siempre lo han sido, de buscarse por sí mismos el mejor de los caminos que le lleven a progresar.  En esa tarea de liberación social y económica, y claro está también política, el centralismo fue arrinconado y superado hasta vencerlo por la visión de verdadero estadista que tuvo uno de los presidentes con mayor visión de futuro que registra la historia de la república, Carlos Andrés Pérez.

No fue fácil la lucha emprendida porque muchos no aceptaron el cese de sus pretensiones, y porque con la descentralización perdían, desde luego, canonjías y lo que consideraban ser sus derechos, es decir dejarían de ser caudillos y caudillitos de una vez por todas. El presidente cedía, en favor de la descentralización, la llave que guardaba no sólo del tesoro público sino que, con muy estricta vigilancia contralora y fiscalizadora, el inquilino de Miraflores le ponía un candado al centralismo.

La descentralización, casi de inmediato, liberó lo que antes estaba aprisionado por el grillete centralista y fue, sin duda alguna, la mayor y mejor conquista que Venezuela haya tenido desde la alcanzada con nuestra Independencia en Carabobo. Por ella y con ella la nación se modernizó realmente puesto que dejaba atrás, bien atrás, el manejo absolutista de una administración pública que, hasta entonces, obligaba a que fuese el presidente y nadie más que el presidente quien autorizaba desde la compra de una turbina para Guri, por poner un ejemplo que cabe en estos tiempos, hasta un pupitre requerido por la escuelita más alejada del páramo merideño.

La descentralización funcionó y el país, se reitera, ingresó a la modernidad. La provincia fue, así quedó patentizado, la más beneficiada. Las gobernaciones alcanzaron sino autonomía plena, en gran medida podían, gracias a la descentralización, planificar y concretar planes y programas sin esperar, por siglos, que en el gobierno central cualquier ministro se dignara prestarle atención al documento que dormía el sueño de los justos en la gaveta de su escritorio.

Pero la visión futurista y nacionalista de jefes de Estado como Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera,  Jaime Lusinchi y Ramón J., Velásquez fueron tapiadas por el oscurantismo de Chávez que, de un solo plumazo, derrocó la descentralización, que era libertad, modernidad y eficiencia, para sustituirla por el centralismo que regresaba evidenciando exactamente todo lo contrario.

Esta historia tan sencillamente así contada la avalan los especialistas en sus sesudos informes que garantizan su certeza.

@MorelRodríguezA

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