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De psicóloga a repostera, la otra cara del éxodo

Laura Cárdenas es uno de los ejemplos de cómo los venezolanos se reinventan para afrontar la estadía y la sobrevivencia en un país extraño.

Laura Cárdenas conoce la ciudad como a la palma de su mano. Llegó a Boa Vista en otras circunstancias. Acompañaba a su esposo en actividades turísticas y deportivas. A finales de 2016, ambos se vieron atrapados en la ciudad tras el cierre de la frontera, y ahí es donde comienza una nueva historia en la vida de esta psicóloga egresada, como ella dice “hace muchos años”, de la Universidad Central de Venezuela, UCV.

Laura, quizás su tamaño se lo permite, se cuela con agilidad por todos lados en la ciudad. Sabe los caminos verdes, habla con la gente como una brasileña nata. El idioma lo maneja con mucha facilidad, conoce el nombre de los barrios, de las avenidas, y ahora es testigo de los cambios, para bien y para mal, que experimenta Boa Vista.

“Teníamos ocho o nueve años viniendo aquí. Mi esposo daba clases de parapente y trabajaba en la ciudad algunas cosas de turismo. En diciembre de 2016, justo cuando estaba como instructor, Nicolás Maduro cerró la frontera y nos quedamos aquí todo ese mes”.

Sus amigos los ayudaron prestándoles un apartamento, enseres domésticos y hasta ropa para pasar las navidades.

Ese tiempo terminó por engancharlos. Decidieron iniciar los trámites para la extensión de la visa de turista. “Mientras pasábamos el lapso permitido, gestionábamos la residencia temporal, que había que pagarla. Vendí mi anillo de graduación y otras cosas personales para cancelar esos trámites, debido a que Venezuela ya se había salido del Mercosur”.

Esa decisión ya no era solo agarrar un parapente y volar libremente alrededor de una montaña, implicaba una mochila mayor: sueños, proyectos y lo más importante un niño de 5 años.

Laura, para no ser solo “la inmigrante”, a la que la vecina del piso le deja notas despectivas en el pasillo, busca por todos los medios ser reconocida como ciudadana y aunque no puede ejercer la psicología, porque no apostilló su título, hace labor social en algunos refugios y, para ayudar con los gastos de la casa, le metió el pecho a un emprendimiento personal, la repostería.

Vive en un apartamento, en uno de los pocos edificios que hay en Boa Vista. Dos habitaciones y un solo ambiente donde están la cocina, la sala y el comedor. Ese es su refugio. “Porque yo también soy como refugiada, es difícil aquí, esta es una ciudad pequeña con pocos recursos e industrias privadas, así que no llueven los trabajos”.

Su esposo, Juan Carlos Artal, ha podido bandearse para sortear las dificultades. Sabe de construcción y carpintería y, gracias a los conocidos ha podido colocarse en algunos empleos.

Mientras Laura perfecciona los brownies y los cinnamon rolls, y lleva a su hijo a la escuela en una bicicleta.

“Aquí los carros son para las personas con recursos, los trabajadores usan bicicletas y nosotros estamos en esa categoría. Pero no dejo la bici en cualquier sitio, pues dicen que con la llegada de muchos venezolanos, se incrementó el robo de estos vehículos”.

Recuerda que Boa Vista era una ciudad muy tranquila. Eso, para ella, era su atractivo. No tenía el agite de una capital, como Caracas. Incluso no había centros comerciales, ahora hay dos.

“Hay un cierto aire de desarrollo, eso se nota, pero también hay cambios no favorables. Antes no había pedigüeños, ni economía informal, eso se está viendo con el éxodo de los venezolanos”.

Incluso a ella eso también le deja una afectación indirecta y es que “ya estoy viendo malos tratos en los servicios de salud, cosa que no me ocurría. Sí es cierto que hay brasileños que ayudan, y más con el desarrollo de la Operación Acogida y con la llegada de Acnur, con lo cual tratan de que la población entienda que nosotros estamos ahí sobreviviendo y buscando mejor calidad de vida. Pero, efectivamente el rechazo aumenta cada día y la situación se hace más compleja principalmente en términos de los servicios públicos”.

Laura ha limpiado casas y planchado ropa ajena. Sin embargo, es una venezolana más en Boa Vista que se desprendió de su confort y está fortaleciendo una imagen de lucha. “Hay que pensar en construir, a pesar del oscuro panorama, porque vamos generando historias”.

Notiespartano/CrónicaUno

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