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Dádivas contra la hambruna, por Morel Rodríguez Ávila

No entiende el gobierno que mientras aumenta el salario mínimo por otro lado se disparan los precios de alimentos, medicinas y repuestos, lo que quiere decir, en concreto, que la hiperinflación cada vez más se fortalece engullendo todo sin compasión alguna.

La quiebra de la economía nacional, por su manejo irresponsable, que lo genera la inexperiencia y la no aceptación de errores, es una realidad incontrovertible. Debe el gobierno aceptarlo y entenderlo antes de que terminemos de caer en el abismo. Obligado como está a resolver la crisis que ha creado, tiene que comenzar por reunir el mayor número de voluntades, que no sólo las que le son complacientes en lo ideológico, sino aquellas reconocidamente independientes cuyo interés primordial son los del país y no de cofradías. Así tendrá verdadera oportunidad de encontrar las propuestas convenientes, posibles de llevar a cabo y, sobre todo, consensuadas, algo que a la fecha el gobierno no ha querido promociona ni menos compendiar sencillamente por aquello de no dar la impresión de ceder, sino de pretender seguir siendo el dueño y señor de todo.

La situación actual es peligrosa, sin lugar a dudas. Hay miseria de manera creciente, y reaparecen enfermedades hace años erradicadas. Los pacientes se mueren en su casa o en los hospitales porque no tienen medicamentos ni la atención debida. Los alimentos escasean y cuando se encuentran sus costos son inviables. Imposible aceptar que un solo huevo pueda costar casi los cien mil bolívares, un café supera el medio millón y una botellita de agua nada menos que trescientos mil. El bachaqueo, que se prometió combatirlo a como diese lugar, se burla de la autoridad en cualquier calle o esquina de plaza pública, mientras los servicios públicos cada vez son una burla porque ninguno sirve. Y lo peor, antes que vislumbrarse alguna salida favorable, la incapacidad se asoma como respuesta. Reina la confusión, la improvisación y, por supuesto, la corrupción pues, las pocas cuadrillas que puedan estar de servicio atienden sólo a quienes les arriman la canoa.

La hiperinflación que padecemos es el resultado de una malhadada política llevada a cabo por funcionarios incapaces, a quienes se les entregó el manejo, tanto del Banco Central como de los despachos de Economía y Finanzas, sin que tuviesen comprobada eficacia en dirigir tan cruciales materias para la vida de un país. La maquinita del BCV cualquier día va a explotar de tanto imprimir billetes, que ya los tiran al aire en cualquier parada de autobús cuando el cobrador de pasaje, siempre retrechero, se niega a recibir billetes de cien y de cincuenta. Pero el gobierno, ciego y sordo al ruido de la calle, no le para a lo que ocurre y, terco, prosigue en sus trece, sin importarle que el país se le está cayendo a pedazos.

Mientras la canasta alimentaria sobrepasa los doscientos millones de bolívares, y cualquier producto, dentro o fuera de algún mercado público, vale oro, el Clap cada vez llega menos, pero cuesta más, y en los campos antes que sembrar lo que crece es monte. Agropatria es un fraude en todo sentido. No hay, es lo que se palpa, intención cierta de por lo menos remediar la penosa situación y lo que el gobierno considera medidas para paliarla son apenas dádivas cuando, con dádivas, no se combate la hambruna aquí ni en ninguna otra parte del mundo.

Hay que insistir, es una obligación ciudadana, en hacerle ver al gobierno que debe actuar, y rápido, a favor de soluciones que de verdad ataquen y reduzcan la hiperinflación. No debe aceptársele improvisar ni tratar de que su insistencia de comunizarlo todo termine con alguna medida “roja” empeorando la crisis a extremos tan peligrosos como inimaginables.

@MorelRodríguezA

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