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Este año lo seguro es la incertidumbre

De las pocas cosas dables por ciertas para este año, figura la persistencia de la más espantosa de las bestias de la irracionalidad chavista: el desgobierno como modo de gobernar.  A medida que ha crecido la ruina nacional, perdido la soberanía sobre inmensos espacios geográficos, políticos, sociales y económicos, la cúpula gobernante siente que gobierna mejor.  En su visión ruina y miseria nacional son las bases del poder político de un Estado rico asistencialista y dictatorial. Esta receta está hoy minando sus bases de sustentación obligándolo a hacer magia para mantener la ilusión de un Estado no fallido, continuar con algunas formalidades democráticas al convivir con una oposición que por fragmentada es ornamental política e institucionalmente,  y mantener al país empobrecido sin levantamientos  de impacto.  En este panorama hay varias visiones de la crisis.

Para los sectores productivos consiste en la imposibilidad de satisfacer la demanda de bienes y servicios del país bajo las condiciones actuales y poder articularse con los mercados extranjeros, aunque sectores no tradicionales el año pasado comenzaron a exportar. Por su parte, para el venezolano promedio la crisis es la combinación perversa de inflación con desabastecimiento que sume a la mayoría en una miseria creciente. Para los sectores políticos consiste en la imposibilidad de cuajar una estrategia que la conecte con las grandes mayorías y/o colocar al gobierno en situación  de negociar una transición de modo inevitable.

Para el gobierno la pérdida del favor popular es una incomodidad más que un problema, ya que  es muy hábil para lograr triunfos electorales a pesar de ser minoría nacional. La enajenación del apoyo internacional es, por ahora, (tan) sólo una situación muy inconveniente porque desea tener fuera ojos que lo juzguen. El desabastecimiento y pérdida de la calidad de vida de los venezolanos plantea un problema de imagen, pero la pobreza, al menos por sí sola, no tumba gobierno y resulta funcional por la salida de cerca de dos MM de personas que representan disminución de la demanda de bienes y servicios, menos protesta interna y menos votos para la oposición. Pero esta estampida hacia el exterior genera turbulencias sociales y económicas  en las sociedades vecinas receptoras. Estas incomodidades no son la crisis para el gobierno, para la cúpula gobernante el núcleo de la crisis es la imposibilidad de contar con un flujo satisfactorio de divisas que le permita repartir su parte del botín a los sostenedores del régimen, financiar la pobreza de la población venezolana sin sacarlas de la miseria y comprar apoyos internacionales para mantener un estado de calma diplomática. La oposición social y política no son problemas por lo ineficiente (hasta ahora).

El repunte de los precios del petróleo no beneficia al gobierno por la disminución nacional de producción y refinación de crudo, por lo que vivir “bajo las reservas de petróleo más grandes del mundo”  poco sirve. La explotación aurífera y del coltán no cubre las necesidades presupuestarias del fisco, la recaudación interna cada vez se hace más precaria.

La oposición, la AN y lo que queda de medios de comunicación independientes no son  borrados de cuajo porque son necesarios, no solo por guardar ciertas apariencias y formalidades, sino porque su existencia, especialmente la de la AN, asegura la posibilidad de brindar un barniz de legalidad constitucional satisfactoria para una eventual negociación de la deuda externa.

Bajo estas condiciones serán las elecciones presidenciales este año. Ninguno de los dos bloques está en las mejores condiciones para competir. El juego para ellos consiste más en evitar las peores condiciones de participación que buscar las mejores. El electorado no oficialista está dividido en dos bloques: una parte es afín a los partidos “nucleados” en la MUD y otra es ni-ni. Ambos bloques son muy heterogéneos. Las posibilidades de que un líder de los que actualmente pugnan por tener la mayoría del favor popular logre capitalizar el descontento, son muy remotas. Aunque un candidato de consenso surgiera difícilmente motivaría, hoy por hoy, al grueso del electorado nacional y ninguno de ellos tiene cómo jugar a ser el outsider y quien puede serlo no dice ni siquiera esta boca es mía. Lo más probable es que haya más de un candidato  antioficialista y hasta dos de “la revolución”.  Es factible, bastante factible, pensar en un triunfo electoral oficialista en las próximas elecciones nacionales.

Si de nuevo fracasa la transición por un nuevo triunfo electoral oficialista es previsible la acentuación de las sanciones internacionales  para deteriorar más la gobernabilidad nacional, promover la implosión del gobierno y crear mejores condiciones para una intervención más activa, hasta militar, desde la comunidad internacional.  Sería el desorden autoalimentándose y devorando con sus autores al país entero. A veces provoca criogenizarse y ser despertado dentro de algunos años.

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